Hace un tiempo escribí en este mismo blog sobre el uso erróneo del adjetivo "plagado". Dije en ese momento que el adjetivo "plagado", por derivar de la palabra "plaga", debía llevar un modificador indirecto que indicara el motivo de la plaga: "plagado de problemas", "plagado de preocupaciones", "plagado de angustia".
Sin embargo, no todas las cosas son blancas y negras en el idioma castellano. Por ejemplo, tenemos la palabra "colmo". El sustantivo "colmo" tiene un significado matriz, "exceso". Éste es el sentido físico y concreto de la palabra; por ejemplo, si digo, junto con María Moliner, "Una cucharada de azúcar con colmo", me estoy refiriendo a su sentido físico y concreto: una cucharada de azúcar con "pancita", con "yapa", bien colmada.
"Colmo" tiene también un sentido abstracto y nocional: significa el máximo a que puede llegar determinada cosa. Y dentro de este uso tenemos ambas facetas de "colmo", un sentido positivo y un sentido negativo. Podemos decir: "Su caradurez llegó al colmo", y estoy hablando del máximo de caradurez de una persona -cualidad ciertamente negativa-, pero también puedo decir que "Esa chica es el colmo de la finura", y estoy, en tal caso, exaltando una cualidad positiva.
Vayamos al otro extremo del arco de registros lingüísticos: ¿quién no dijo alguna vez: "che, ese jugador de fútbol, qué h... de p...?". Y no lo está insultando: lo está elogiando por su habilidad y capacidad. No es infrecuente usar esta imprecación, "h. de p.", para resaltar las virtudes o el buen accionar de alguna persona. Paradojas de todo idioma.
El blog de Luisa Fernanda Lassaque. Una mirada argentina sobre el idioma castellano, el idioma inglés, la traducción de una lengua a otra, la filosofía del lenguaje, el lenguaje de los medios y yerbas anexas
miércoles, 4 de enero de 2012
Más sobre el predicativo objetivo
Pero esta vez se trata del predicativo objetivo en inglés. En inglés, no hay problema en que el adjetivo que se refiere al verbo y al objeto directo vaya al final. De hecho, ésta que acabo de describir es la estructura que se utiliza corrientemente. Por ejemplo:
You don't need a jet ski to make a trip to the lake exciting.
"Exciting" se refiere tanto a "to make" como a "a trip to the lake", pero en el caso del inglés, donde los adjetivos pospuestos al adjetivo son la excepción, y la regla es que se antepongan, no hay riesgo de ambigüedad de significado. "Lake exciting" no es una estructura válida del inglés, así que ésa es la posición designada para el adjetivo "exciting": el final de la oración.
Para complementar este artículo, sugiero visitar el anterior, "El predicativo objetivo", que se encuentra en este mismo blog.
You don't need a jet ski to make a trip to the lake exciting.
"Exciting" se refiere tanto a "to make" como a "a trip to the lake", pero en el caso del inglés, donde los adjetivos pospuestos al adjetivo son la excepción, y la regla es que se antepongan, no hay riesgo de ambigüedad de significado. "Lake exciting" no es una estructura válida del inglés, así que ésa es la posición designada para el adjetivo "exciting": el final de la oración.
Para complementar este artículo, sugiero visitar el anterior, "El predicativo objetivo", que se encuentra en este mismo blog.
A propósito de los avatares de ser traductor
Ayer nomás (como la canción) escribí el artículo "Educar al cliente", y noté que, pese al poco tiempo que estuvo publicada, tuvo gran cantidad de lectores.
En algún otro punto de este blog también publiqué algún que otro artículo sobre los avatares de la profesión: hay uno sobre el maltrato que ciertos profesores ejercen en las aulas, hay por ahí otro artículo sobre la traducción jurídica como presuntamente -según ciertos colegas- más importante que la traducción literaria o que la audiovisual. También estos artículos fueron muy visitados.
Si hay algún otro artículo sobre las miserias y alegrías de ser traductor a diario (no ocasionalmente) y no lo nombro en este momento, se me disculpará.
En este punto, me siento en la necesidad de decir lo siguiente: no es la idea de este blog hablar sobre la práctica cotidiana de la traducción. Por lo menos, no es la idea central. La idea central es hablar sobre el idioma, sobre los idiomas, sobre la traducción de unos a otros, sobre las palabras y sobre todo aquello que figura en cada uno de los artículos.
El motivo que justifica esta decisión es la siguiente: el ejercicio de la profesión del traductor tiene sus particularidades. Eso no se discute. Pero también es cierto que tiene otras reglas que no escapan a las generales de la ley. Me ha pasado muchísimas veces que un cliente no me quisiera pagar un trabajo hecho; y más grave aún: me ha pasado que un colega que me había derivado un trabajo no me quisiera pagar, o me demorara el pago mucho más de lo que se estila. La solución a este problema no está en un blog, ni en un foro: está, como digo siempre, en el sentido común. Hay que consultar con un abogado. Y en lo posible, hay que contagiarse un poquito de la cultura estadounidense: hay que consultarlo antes de comenzar a tener trato con los clientes -para tener bien en claro de qué manera manejarse- y no después, cuando me contrataron "de palabra" una traducción y después se hacen los osos al momento en que tendrían que aparecer los morlacos.
Otra cuestión con la que tiene que vérselas el traductor es su situación ante el ente recaudador de impuestos que le corresponda. Ese tema tampoco corresponde ser tratado en un blog ni en un foro: hay que consultar con un contador, que es la persona idónea para brindarnos todas las respuestas.
También se nos presenta a los traductores la ardua pregunta del cuánto cobro. Allí sí vale la consulta en algún foro o con colegas, pero luego de alguna incertidumbre inicial cualquier traductor que ejerza su profesión a diario (no me canso de repetirlo) sabe bien cuánto cuesta su tiempo y por cuánto estaría dispuesto a trabajar. Me ha sucedido de aceptar traducciones por un honorario que no cubría mis expectativas, pero que implicaba un enorme bagaje de experiencia, trabar amistad (o, al menos, contacto) con gente del medio editorial o de la traducción, ganar conocimientos y poder multiplicar esos conocimientos en trabajos de iniciativa propia. Me parece que no es poco.
Resumiendo: como persona, soy bastante independiente. Cuando me recibí de traductora (cuando me gradué de traductora), pasó como un año y medio en el que constantemente le hacía consultas a un querido profesor, el abogado, traductor y profesor de inglés Ricardo Chiesa. Un día me planteé que yo ya estaba recibida y que no podía seguir dependiendo indefinidamente del que ya no era mi profesor. Me propuse tomar mis propias decisiones al momento de traducir y afrontar las consecuencias de esas decisiones. Lo mismo me sucedió con mi trato con los clientes y con el manejo cotidiano de la profesión: consultar con el profesional correspondiente y no llevar mi llanto a un blog ni a un foro. Es más: la propuesta que me hice fue no llorar sobre la leche derramada, lo cual implica no tomar un trabajo si el cliente parece sospechoso, tomar los debidos recaudos cuando sí acepto un trabajo, mantener al día mi situación tributaria con la AFIP y, en general, hacer un ejercicio lo más prolijito posible de la profesión.
Esta decisión me llevó, lamentablemente, a dejar de trabajar con ciertos colegas a los que, como ya mencioné, había que operarles el bolsillo para que desenfundaran el billete. Me peleé con un par, y no podía seguir peleándome con el resto de la matrícula. Y fue una decisión sana: vinieron otros clientes y se desarrolló en mí la saludable sensación de que yo podía poner la cara ante ellos, que podía dialogar con ellos, y que podía negociar las tarifas y las condiciones de pago. En definitiva, estrenaba mi independencia profesional. Porque en la profesión del traductor, asumir la propia valía equivale a haber recorrido el cincuenta por ciento del camino.
Se terminó. Espero que sea la última vez que tengan que oírme (y escucharme) hablar de estas cuestiones tan personales.
En algún otro punto de este blog también publiqué algún que otro artículo sobre los avatares de la profesión: hay uno sobre el maltrato que ciertos profesores ejercen en las aulas, hay por ahí otro artículo sobre la traducción jurídica como presuntamente -según ciertos colegas- más importante que la traducción literaria o que la audiovisual. También estos artículos fueron muy visitados.
Si hay algún otro artículo sobre las miserias y alegrías de ser traductor a diario (no ocasionalmente) y no lo nombro en este momento, se me disculpará.
En este punto, me siento en la necesidad de decir lo siguiente: no es la idea de este blog hablar sobre la práctica cotidiana de la traducción. Por lo menos, no es la idea central. La idea central es hablar sobre el idioma, sobre los idiomas, sobre la traducción de unos a otros, sobre las palabras y sobre todo aquello que figura en cada uno de los artículos.
El motivo que justifica esta decisión es la siguiente: el ejercicio de la profesión del traductor tiene sus particularidades. Eso no se discute. Pero también es cierto que tiene otras reglas que no escapan a las generales de la ley. Me ha pasado muchísimas veces que un cliente no me quisiera pagar un trabajo hecho; y más grave aún: me ha pasado que un colega que me había derivado un trabajo no me quisiera pagar, o me demorara el pago mucho más de lo que se estila. La solución a este problema no está en un blog, ni en un foro: está, como digo siempre, en el sentido común. Hay que consultar con un abogado. Y en lo posible, hay que contagiarse un poquito de la cultura estadounidense: hay que consultarlo antes de comenzar a tener trato con los clientes -para tener bien en claro de qué manera manejarse- y no después, cuando me contrataron "de palabra" una traducción y después se hacen los osos al momento en que tendrían que aparecer los morlacos.
Otra cuestión con la que tiene que vérselas el traductor es su situación ante el ente recaudador de impuestos que le corresponda. Ese tema tampoco corresponde ser tratado en un blog ni en un foro: hay que consultar con un contador, que es la persona idónea para brindarnos todas las respuestas.
También se nos presenta a los traductores la ardua pregunta del cuánto cobro. Allí sí vale la consulta en algún foro o con colegas, pero luego de alguna incertidumbre inicial cualquier traductor que ejerza su profesión a diario (no me canso de repetirlo) sabe bien cuánto cuesta su tiempo y por cuánto estaría dispuesto a trabajar. Me ha sucedido de aceptar traducciones por un honorario que no cubría mis expectativas, pero que implicaba un enorme bagaje de experiencia, trabar amistad (o, al menos, contacto) con gente del medio editorial o de la traducción, ganar conocimientos y poder multiplicar esos conocimientos en trabajos de iniciativa propia. Me parece que no es poco.
Resumiendo: como persona, soy bastante independiente. Cuando me recibí de traductora (cuando me gradué de traductora), pasó como un año y medio en el que constantemente le hacía consultas a un querido profesor, el abogado, traductor y profesor de inglés Ricardo Chiesa. Un día me planteé que yo ya estaba recibida y que no podía seguir dependiendo indefinidamente del que ya no era mi profesor. Me propuse tomar mis propias decisiones al momento de traducir y afrontar las consecuencias de esas decisiones. Lo mismo me sucedió con mi trato con los clientes y con el manejo cotidiano de la profesión: consultar con el profesional correspondiente y no llevar mi llanto a un blog ni a un foro. Es más: la propuesta que me hice fue no llorar sobre la leche derramada, lo cual implica no tomar un trabajo si el cliente parece sospechoso, tomar los debidos recaudos cuando sí acepto un trabajo, mantener al día mi situación tributaria con la AFIP y, en general, hacer un ejercicio lo más prolijito posible de la profesión.
Esta decisión me llevó, lamentablemente, a dejar de trabajar con ciertos colegas a los que, como ya mencioné, había que operarles el bolsillo para que desenfundaran el billete. Me peleé con un par, y no podía seguir peleándome con el resto de la matrícula. Y fue una decisión sana: vinieron otros clientes y se desarrolló en mí la saludable sensación de que yo podía poner la cara ante ellos, que podía dialogar con ellos, y que podía negociar las tarifas y las condiciones de pago. En definitiva, estrenaba mi independencia profesional. Porque en la profesión del traductor, asumir la propia valía equivale a haber recorrido el cincuenta por ciento del camino.
Se terminó. Espero que sea la última vez que tengan que oírme (y escucharme) hablar de estas cuestiones tan personales.
martes, 3 de enero de 2012
Proclive - propenso
"Ser proclive a (algo)" o "ser propenso a (algo)" comparten la idea de "tender / propender hacia (algo)"; es decir, tener una inclinación hacia algo. Lo que dice el diccionario Clave -al igual que el María Moliner- es que "ser proclive a (algo)" no debe utilizarse para características o actos positivos, sino para aquello que es censurable.
En cuanto a "ser propenso a (algo)", el diccionario Clave nos brinda el ejemplo "ser propenso a engordar". María Moliner se inclina por "es propenso a acatarrarse". Lamentablemente, no hay ejemplos para "ser proclive a (algo)". Y bueno: a veces no hay respuestas para todo o, al menos, respuestas inmediatas.
En cuanto a "ser propenso a (algo)", el diccionario Clave nos brinda el ejemplo "ser propenso a engordar". María Moliner se inclina por "es propenso a acatarrarse". Lamentablemente, no hay ejemplos para "ser proclive a (algo)". Y bueno: a veces no hay respuestas para todo o, al menos, respuestas inmediatas.
Evitar, prevenir, prescindir
En este verano, vamos a ejercitar los músculos terminológicos: evitar y prevenir son verbos de significado parecido. Se diferencian en el uso.
"Evitar" se refiere a las situaciones perjudiciales o a esas cosas o personas que no nos gustan. ¿Qué hacemos con ellas? Impedimos que sucedan, nos alejamos de ellas -como del mismísimo YaSabemosQuién-, les hacemos "ole", las apartamos. El diccionario Clave nos explica la palabra "evitar" con "prevenir". No está mal. Lo que digo es que "evitar" y "prevenir" se utilizan en ocasiones diferentes.
Como ejemplos de uso de "evitar" tenemos:
"El embajador quiso evitar el escándalo de haber sido descubierto con su amante".
"Cuando haga mucho calor, evite tomar líquidos calientes y usar mucha ropa".
"Venía Marcela por la vereda, y me crucé para evitarla".
En cuanto a "prevenir", también se refiere a una situación dañosa o perjudicial. El diccionario Clave nos explica que "prevenir", en el sentido señalado, significa "evitar o impedir algo", y el ejemplo que brinda es "Mi dentista me ha recomendado un dentífrico con flúor para prevenir las caries".
A partir de los ejemplos, vemos que "prevenir" -insisto, en el sentido de "ahuyentar un mal"- suele estar cómodo en compañía de enfermedades: "prevenir el cáncer", "prevenir los ataques al corazón", "una vacuna para prevenir la poliomielitis". Sonaría raro al oído decir "una vacuna para evitar la poliomielitis".
Pero "prevenir" no es el único verbo que está cómodo entre las enfermedades; "evitar" también puede utilizarse de la siguiente manera:
"Usted acaba de ser operado de una hernia; evite todo resfrío para no tener que estornudar o toser porque se le puede reabrir la cicatriz". (Fuera de broma, es lo que le sucedió a una amiga mía: operación de hernia + imposibilidad de resfriarse).
¿Qué sucedería si digo "prevenga el resfrío"? También está bien, pero da la impresión de que al usar el verbo "prevenir" uno toma medidas activas para no resfriarse. En cambio, en "evite los resfríos" no se produce esa misma impresión, sino que se da la idea del "no se resfríe", "no se exponga al resfrío", sin que queden implícitas medidas activas de... prevención, eso mismo.
¿Qué podemos decir de "prescindir"? Aclaro que incluyo esta palabra porque es parecida a "prevenir" y no va a faltar quien las confunda. "Prescindir" significa "arreglárselas sin alguna cosa que no necesitamos imperiosamente". Es el equivalente del phrasal verb "do without" o del verbo "to dispense", ambos en inglés.
Un ejemplo de uso es: "La empresa prescindirá de los empleados que hayan sido manifiestamente ineficientes durante el año". De aquí, entonces, la palabra "prescindible" aplicada al empleado al que se despide: "Se declaró prescindible a Fulanito".
Evitar, prevenir y prescindir: parecidas, nunca iguales.
"Evitar" se refiere a las situaciones perjudiciales o a esas cosas o personas que no nos gustan. ¿Qué hacemos con ellas? Impedimos que sucedan, nos alejamos de ellas -como del mismísimo YaSabemosQuién-, les hacemos "ole", las apartamos. El diccionario Clave nos explica la palabra "evitar" con "prevenir". No está mal. Lo que digo es que "evitar" y "prevenir" se utilizan en ocasiones diferentes.
Como ejemplos de uso de "evitar" tenemos:
"El embajador quiso evitar el escándalo de haber sido descubierto con su amante".
"Cuando haga mucho calor, evite tomar líquidos calientes y usar mucha ropa".
"Venía Marcela por la vereda, y me crucé para evitarla".
En cuanto a "prevenir", también se refiere a una situación dañosa o perjudicial. El diccionario Clave nos explica que "prevenir", en el sentido señalado, significa "evitar o impedir algo", y el ejemplo que brinda es "Mi dentista me ha recomendado un dentífrico con flúor para prevenir las caries".
A partir de los ejemplos, vemos que "prevenir" -insisto, en el sentido de "ahuyentar un mal"- suele estar cómodo en compañía de enfermedades: "prevenir el cáncer", "prevenir los ataques al corazón", "una vacuna para prevenir la poliomielitis". Sonaría raro al oído decir "una vacuna para evitar la poliomielitis".
Pero "prevenir" no es el único verbo que está cómodo entre las enfermedades; "evitar" también puede utilizarse de la siguiente manera:
"Usted acaba de ser operado de una hernia; evite todo resfrío para no tener que estornudar o toser porque se le puede reabrir la cicatriz". (Fuera de broma, es lo que le sucedió a una amiga mía: operación de hernia + imposibilidad de resfriarse).
¿Qué sucedería si digo "prevenga el resfrío"? También está bien, pero da la impresión de que al usar el verbo "prevenir" uno toma medidas activas para no resfriarse. En cambio, en "evite los resfríos" no se produce esa misma impresión, sino que se da la idea del "no se resfríe", "no se exponga al resfrío", sin que queden implícitas medidas activas de... prevención, eso mismo.
¿Qué podemos decir de "prescindir"? Aclaro que incluyo esta palabra porque es parecida a "prevenir" y no va a faltar quien las confunda. "Prescindir" significa "arreglárselas sin alguna cosa que no necesitamos imperiosamente". Es el equivalente del phrasal verb "do without" o del verbo "to dispense", ambos en inglés.
Un ejemplo de uso es: "La empresa prescindirá de los empleados que hayan sido manifiestamente ineficientes durante el año". De aquí, entonces, la palabra "prescindible" aplicada al empleado al que se despide: "Se declaró prescindible a Fulanito".
Evitar, prevenir y prescindir: parecidas, nunca iguales.
Educar al cliente
No puedo con mi genio: veo una escribanía o un estudio jurídico y toco el timbre para entregarles mi tarjeta, en mi permanente afán de ampliar mi cartera de clientes.
A primera vista, parecería que el acto mencionado no amerita más ceremonia que la descripta. Para mi sorpresa, en algunas escribanías (pocas) me responden con una frase que me deja pasmada: "Ay, no, no precisamos traductores", o "No trabajamos con traductores".
Yo me pregunto si a los escribanos y escribanas que responden esas frases o variantes nunca les llegó un cliente con la necesidad de hacer traducir un poder del un idioma extranjero al castellano o viceversa. Me pregunto si jamás tuvieron un cliente que necesite hacer traducir un contrato, una partida de nacimiento, una partida de defunción.
Me pregunto también si la tarjetita -un milímetro de espesor por ¿cuánto? ¿Cuatro centímetros por siete, el tamaño estándar para que quepa en cualquier tarjetero? ocupa mucho lugar. Digo, como para agarrarla aunque no vayas a usarla en la perra vida.
Ah, no, claro. Ahora entiendo: la tarjetita debe ser como el saber: sí ocupa lugar.
A primera vista, parecería que el acto mencionado no amerita más ceremonia que la descripta. Para mi sorpresa, en algunas escribanías (pocas) me responden con una frase que me deja pasmada: "Ay, no, no precisamos traductores", o "No trabajamos con traductores".
Yo me pregunto si a los escribanos y escribanas que responden esas frases o variantes nunca les llegó un cliente con la necesidad de hacer traducir un poder del un idioma extranjero al castellano o viceversa. Me pregunto si jamás tuvieron un cliente que necesite hacer traducir un contrato, una partida de nacimiento, una partida de defunción.
Me pregunto también si la tarjetita -un milímetro de espesor por ¿cuánto? ¿Cuatro centímetros por siete, el tamaño estándar para que quepa en cualquier tarjetero? ocupa mucho lugar. Digo, como para agarrarla aunque no vayas a usarla en la perra vida.
Ah, no, claro. Ahora entiendo: la tarjetita debe ser como el saber: sí ocupa lugar.
lunes, 2 de enero de 2012
Motivos para impacientarse
Ayer, 1 de enero de 2012, la programación televisiva dejaba mucho que desear. Las repeticiones de programas vistos hasta el hartazgo -porque ya venían repitiéndose durante el año; 2011 fue un año de pocas novedades- presentaban un panorama propicio para leer, por ejemplo. Me dediqué a seguir con el nada fácil "Vigilar y castigar", de Michel Foucault.
Pero no obstante ello, también vi un poco de televisión. Enganché uno de los programas que Narda Lepes tiene en el Nardachannel (ex Utilísima). En dicho programa, Narda se quejaba de que, en ocasiones, cuando va a dar alguna clase de cocina, siempre hay algún alumno que pregunta: "¿Qué es una pizca?".
Cuando narraba la situación, a Narda se la veía impaciente. Y la entiendo. Es inconcebible que un pibe o piba que ya tienen ¿cuánto? ¿diecisiete, dieciocho años? no hayan abierto el diccionario para ver qué significa tal palabra. También impacienta el comprobar que hay personas que no son capaces de relacionar las palabras, el sonido, con la realidad. Si yo digo, si alguien dice "una pizca de sal", y esa persona está explicando la receta, yo pregunto: el susodicho alumno ¿no ve que quien explica está tomando un poquitito de sal entre sus dedos, una cantidad que es claramente inferior a la de una cucharadita tamaño café?
Caramba. Cuando se dice "una pizca de sal" no estamos hablando de un arcano concepto relacionado con la neurocirugía, ni con la astrofísica, ni con la energía nuclear. Como insistentemente reitero en este blog: falta sentido común, falta buen criterio, falta relacionar las palabras con la realidad.
Hasta aquí, la impaciencia de Narda. A partir de aquí, mi impaciencia: Narda, cuando convertís los verbos pronominales en pseudo-verbos intransitivos o en verbos transitivos que no tienen objeto directo, también me ponés impaciente, tanto como vos te ponés impaciente con el chico/chica que te pregunta qué es una pizca. Narda, por amor de los dioses romanos, las tortas no "cocinan"; las tortas "se cocinan". La panceta no "dora": "se dora". La manteca no "funde": "se funde", y así al infinito con todos los verbos que denotan acciones que la cosa ejerce sobre sí misma o que denotan paso de un estado a otro. Como se ve, todos tenemos motivos para impacientarnos.
Y ya que en otros artículos estaba yo hablando de calcos del inglés, para todos aquellos interesados, esta moda de convertir los verbos pronominales (entre los que se encuentran los reflexivos) es un calco del inglés. En inglés hay muy pocos verbos que se construyen en forma reflexiva. Uno de ellos es "hurt" en "get hurt". Cuando "hurt" está solito, su equivalente en castellano es "herir (a otra persona, a un objeto directo). Cuando se dice "get hurt", su equivalente es "herirse (a uno mismo)". Fuera de este verbo y algunos otros, muy pocos, el tiempo presente y el tiempo pasado de los verbos ingleses suelen ser multifunción: según el contexto corresponden al modo indicativo, al modo subjuntivo o son verbos transitivos o reflexivos.
La distinción entre un verbo transitivo al que le falta el objeto directo, un verbo intransitivo que rechaza todo objeto directo y un verbo pronominal (insisto, los verbos reflexivos son un subconjunto de los verbos pronominales) es necesaria. Si la idea de confundirlos y "sonar como si hablara inglés" es un rasgo de tontuela sofisticación. En todo caso, buscate la sofisticación por otro lado; por ejemplo, hablando el castellano según la norma. ¿Qué te parece?
Pero no obstante ello, también vi un poco de televisión. Enganché uno de los programas que Narda Lepes tiene en el Nardachannel (ex Utilísima). En dicho programa, Narda se quejaba de que, en ocasiones, cuando va a dar alguna clase de cocina, siempre hay algún alumno que pregunta: "¿Qué es una pizca?".
Cuando narraba la situación, a Narda se la veía impaciente. Y la entiendo. Es inconcebible que un pibe o piba que ya tienen ¿cuánto? ¿diecisiete, dieciocho años? no hayan abierto el diccionario para ver qué significa tal palabra. También impacienta el comprobar que hay personas que no son capaces de relacionar las palabras, el sonido, con la realidad. Si yo digo, si alguien dice "una pizca de sal", y esa persona está explicando la receta, yo pregunto: el susodicho alumno ¿no ve que quien explica está tomando un poquitito de sal entre sus dedos, una cantidad que es claramente inferior a la de una cucharadita tamaño café?
Caramba. Cuando se dice "una pizca de sal" no estamos hablando de un arcano concepto relacionado con la neurocirugía, ni con la astrofísica, ni con la energía nuclear. Como insistentemente reitero en este blog: falta sentido común, falta buen criterio, falta relacionar las palabras con la realidad.
Hasta aquí, la impaciencia de Narda. A partir de aquí, mi impaciencia: Narda, cuando convertís los verbos pronominales en pseudo-verbos intransitivos o en verbos transitivos que no tienen objeto directo, también me ponés impaciente, tanto como vos te ponés impaciente con el chico/chica que te pregunta qué es una pizca. Narda, por amor de los dioses romanos, las tortas no "cocinan"; las tortas "se cocinan". La panceta no "dora": "se dora". La manteca no "funde": "se funde", y así al infinito con todos los verbos que denotan acciones que la cosa ejerce sobre sí misma o que denotan paso de un estado a otro. Como se ve, todos tenemos motivos para impacientarnos.
Y ya que en otros artículos estaba yo hablando de calcos del inglés, para todos aquellos interesados, esta moda de convertir los verbos pronominales (entre los que se encuentran los reflexivos) es un calco del inglés. En inglés hay muy pocos verbos que se construyen en forma reflexiva. Uno de ellos es "hurt" en "get hurt". Cuando "hurt" está solito, su equivalente en castellano es "herir (a otra persona, a un objeto directo). Cuando se dice "get hurt", su equivalente es "herirse (a uno mismo)". Fuera de este verbo y algunos otros, muy pocos, el tiempo presente y el tiempo pasado de los verbos ingleses suelen ser multifunción: según el contexto corresponden al modo indicativo, al modo subjuntivo o son verbos transitivos o reflexivos.
La distinción entre un verbo transitivo al que le falta el objeto directo, un verbo intransitivo que rechaza todo objeto directo y un verbo pronominal (insisto, los verbos reflexivos son un subconjunto de los verbos pronominales) es necesaria. Si la idea de confundirlos y "sonar como si hablara inglés" es un rasgo de tontuela sofisticación. En todo caso, buscate la sofisticación por otro lado; por ejemplo, hablando el castellano según la norma. ¿Qué te parece?
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