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miércoles, 26 de diciembre de 2012

El lenguaje de las inmobiliarias (II)

Cada vez que últimamente me encuentro usando la palabra "moda", ésta trae consigo un matiz no solamente despectivo, sino también ominoso.

Tal cosa sucede con una "moda" no tan reciente: la de la "cocina americana" en los avisos de las inmobiliarias. A primera vista, el rótulo "cocina americana" dice poco y nada. A algunos, el mero hecho de mencionar el gentilicio (en versión falso cognado) correspondiente a una nación tan poderosa en nuestro vapuleado planeta, la estadounidense, podrá parecerle algo bueno. A mi propio y personal criterio, es algo malo.

¿Vieron la serie "Friends", por ejemplo? La cocina no constituye un ambiente independiente del resto del departamento. Está allí, a la entrada de la vivienda, y forma parte del living comedor. Bueno, esa "moda" viene haciendo furor desde hace más o menos una década (año más, año menos) en lo que yo conozco de mi Buenos Aires querido. Departamento nuevo que te construyen, departamento que tiene "cocina americana", también llamada, con bastante más sinceridad, pero sin dejar de recurrir al eufemismo, "cocina integrada"; es decir, integrada al living-comedor o al comedor.

Conté en el artículo anterior, "El lenguaje de las inmobiliarias", que estuve buscando vivienda hace unos cuatro años. Antes de encontrar el lugar donde vivo, vi no menos de cien inmuebles, muchos de los cuales tenían la bendita "cocina integrada". Lo cierto es que la cocina integrada, cocina americana o como quieran llamarle funciona solamente para la foto. En la realidad de los hechos, te invito a que cocines un bife, un bife de esos bien argentinos, con la grasita y todo, y veas qué lindo te queda el sillón que tenés a unos pocos centímetros: lleno de olor ¡y de grasa! Y no te cuento lo lindo que queda el ambiente cuando cocinás papas; no hablo de cocinar coliflor, ni brócoli, ni zapallitos de Bruselas. Hablo de la simple y noble papa. No digo que vayas a recibir al Sr. Embajador de los Países Bajos en tu departamento, pero lo cierto es que no es nada agradable.

En fin: todos podrán imaginar que esta nueva "moda" de las inmobiliarias tiene muchos más prejuicios que beneficios: otra contra es que tenés que tener siempre todo limpio y ordenado, puesto que no podés cerrar una puerta y aislar el ambiente cocina del resto del departamento. Y la otra contra es que esos departamentos, lejos de ser más baratos -puesto que, en la realidad de los hechos, les FALTA UN AMBIENTE-, son igual de caros que antes o más.

Pero, claro: la inmobiliaria porteña ha leído con cierto sesgo el libro "Cómo hacer cosas con las palabras" y decide que con un rótulo lindo mejora una realidad que es desastrosa: que la intimidad de tus cacerolas y de tus ollas queda expuesta a los ojos de los visitantes; que esa falta de barreras en tu cocina muestra cómo quemaste la pava hoy a la mañana, cuando calentabas agua para el café; y, sobre todo, los olores: dormís, vivís, leés, ves televisión, te maquillás con eterno olor a comida. Pero eso sí: el jugoso porcentaje de comisión de la inmobiliaria... ¡ése no me lo toquen! ¿Eh?

viernes, 9 de noviembre de 2012

El lenguaje de las inmobiliarias

Hace cinco años tomé la decisión de mudarme del departamento donde vivía y comprar otro. Ineludible fue, entonces, la prolija lectura de los avisos clasificados en los que se anunciaban inmuebles.

En tal circunstancia, se encuentra uno con que las inmobiliarias (es decir, los agentes de bienes raíces; en la Argentina les decimos "inmobiliarias") manejan una jerga particular para describir los inmuebles que tienen en su cartera. 

Cuando un inmueble (departamento o casa) está hecho un verdadero desastre, prácticamente para demoler y volver a edificar, el aviso suele decir, prolija, eufemística y desfachatadamente, que "faltan arreglos", "faltan refacciones" o que se trata de un inmueble "para inversores". No, no es que al inmueble le falten refacciones ni arreglos: a la inmobiliaria le falta vergüenza.

Cuando da miedo entrar al inmueble pero realmente con algunos arreglos no muy caros uno podría entrar a vivir, entonces las inmobiliarias suelen calificarlo de "bueno". O sea que uno, si no está correspondientemente avispado, pierde su tiempo y sus ilusiones viendo algo que uno presume bueno, pero se da cuenta de que allí, durante el tiempo que duren los arreglos, no viviría ni el canario. Nuevamente, la jerga ¿engañosa, podríamos decir? de la inmobiliaria.

Cuando en el aviso aparece la palabra "muy bueno", recién ahí podés pensar que la cosa empieza a pintar decente. Recién ahí. Puede que haya que hacer algún arreglito, algún retoque (y no hablo de gusto personal, sino de arreglos necesarios para vivir), pero uno puede ya entrar los muebles y estar protegido de los lobos de la calle, que aúllan y cómo.

Cuando en el aviso aparece la palabra "excelente", ah, bueno, ahí tenés que llevar el camión de caudales, directamente. Y ahí la inmobiliaria no miente: cuando te dice "excelente", es porque el inmueble es una maravilla, pero preparate para que te arranquen los ojos. Como variante del calificativo "excelente", he visto muchas veces frases que ensalzan tal excelencia como "chiche bombón" (una expresión muy porteña), "sólo para exigentes", "sólo para entendidos", "un lujo asiático" y alguna que otra frase que ahora no recuerdo, pero del mismo cariz de las mencionadas.

"La mentira inmobiliaria", como yo solía llamarla cuando el aviso decía una cosa y yo veía otra de inferior calidad. Mi bronca se originaba en que todos esos inmuebles, como corresponde a nuestro Buenos Aires querido, estaban y están todavía hoy, cotizados en dólares y al valor que se le canta a las inmobiliarias. Porque ellas no acuerdan con nadie, salvo entre ellas mismas, el valor del metro cuadrado. Uno puede negociar hasta cierto punto, pero no es una verdadera negociación; es apenas un regateo de unos pocos pesos. Es decir, buscar casa en Buenos Aires es un garrón por donde se lo mire. Mientras lo hacés, te agarra la úlcera. Te recuperás cuando compraste y dejaste atrás el garronazo.

miércoles, 23 de marzo de 2011

Mecanismo de la lengua - Ferdinand de Saussure

SEGUNDA PARTE

Capítulo VI - Mecanismo de la lengua

El conjunto de diferencias fonéticas y conceptuales que constituyen la lengua y que presiden su funcionamiento resultan de los contactos asociativos o de los contactos sintagmáticos.


Lo primero que nos sorprende en esta organización son las solidaridades sintagmáticas: casi todas las unidades de la lengua dependen, sea de lo que las rodea en la cadena hablada, sea de las partes sucesivas de que ellas mismas se componen.

La formación de palabras basta para probarlo. Una unidad como "deseoso" se descompone en dos subunidades (dese-oso), pero esas partes no son dos partes independientes juntadas una con otra (dese + oso). El resultado es una combinación de dos elementos solidarios que sólo tiene valor por su acción recíproca en una unidad superior (deseoso). El sufijo, tomado aisladamente, es inexistente; lo que le da un puesto en la lengua es una serie de términos usuales tales como "calur-oso", "mentir-oso", "verd-oso", etc. A su vez, el radical no es autónomo; sólo existe por combinación con el sufijo. En el término "per-eza", el elemento "per-" no es nada sin el sufijo que le sigue. La totalidad vale por sus partes, las partes valen también en virtud de su lugar en la totalidad, y por eso la relación sintagmática de la parte y del todo es tan importante como la de las partes entre sí.

Principio general que se verifica en los ejemplos enumerados arriba ("contra" y "todos" en "contra todos", "contra" y "maestre" en "contramaestre"): siempre comprobaremos unidades más vastas, compuestas a su vez de unidades más restringidas; y unas cono otras guardan relaciones de solidaridad recíproca.

También es cierto que la lengua presenta unidades independientes, que no tienen relaciones sintagmáticas ni con sus partes ni con otras unidades. Por ejemplo, oraciones como "Sí", "No", o "Gracias" son buenos ejemplos. Pero este hecho, excepcional, no basta para comprometer el principio general. Por lo regular, no hablamos por signos aislados, sino por grupos de signos, por masas organizadas que son, a su vez, signos. En la lengua, todo se reduce a diferencias, pero todo se reduce también a agrupaciones. Este mecanismo es un juego de términos sucesivos.

2. Funcionamiento simultáneo de las dos formas de agrupamiento

Entre los agrupamientos sintagmáticos así constituidos hay un lazo de interdependencia; se condicionan recíprocamente. En efecto, la coordinación en el espacio contribuye a crear coordinaciones asociativas, y éstas, a su vez, son necesarias para el análisis de las partes del sintagma.

Sea el compuesto des-hacer. Podemos representarlo en una cinta horizontal correspondiente a la cadena hablada:

Des-hacer --->
Pero simultáneamente, y sobre otro eje, existe en el subconsciente una o más series asociativas con algunas unidades que tienen un elemento común con el sintagma. Por ejemplo:

Des-hacer --->
Descubrir / Hacer
Descolgar / Rehacer
Destapar, etc. / Contrahacer, etc.

Sólo en la medida en que las otras formas flotan alrededor de "deshacer" puede esta palabra descomponerse en subunidades; dicho de otro modo, es un sintagma. Entonces, des-hacer no sería analizable si las otras formas que contienen "des-" o "hacer" desaparecieran de la lengua. No sería más que una unidad simple, y sus dos partes no se podrían oponer una a otra.

Ahora es cuando comprendemos el juego de este doble sistema en el discurso. Nuestra memoria tiene en reserva todos los tipos de sintagmas más o menos complejos, de cualquier especie o extensión que puedan ser, y en el momento de emplearlos hacemos intervenir los grupos asociativos para fijar nuestra elección. Cuando alguien dice "¡Cállense!", inconscientemente piensa en diversos grupos de asociaciones en cuya intercesión se encuentra el sintagma "Cállense". Éste figura de un lado en la serie "cállate", "callemos", "callaos", y sólo la oposición de "cállense" con estas formas determina la elección; de otro lado, "cállense" evoca la serie "váyanse", "acérquense", "lávense", "véanse", etc., de cuyo seno es elegido por el mismo procedimiento; en cada serie se sabe qué es lo que hay que hacer variar para obtener la diferenciación propia de la unidad buscada. Cámbiese la idea que se quiere expresar, y serán necesarias otras oposiciones para hacer aparecer un nuevo valor; se dirá, por ejemplo, "¡Cállate!" o bien "¡Váyanse!".

Entonces no basta con decir, colocándose en un punto de vista positivo, que se toma "¡Cállense!" porque significa lo que se quiere expresar. En realidad, la idea conjura no una forma, sino todo un sistema latente gracias al cual se obtienen las oposiciones necesarias para la constitución del signo. El signo no tendría por sí mismo ninguna significación propia. El día en que no hubiera ya "¡Cállate!", "¡Callaos!" frente a "¡Cállense!", caerían ciertas oposiciones y el valor de "¡Cállense!" cambiará ipso facto.

Este principio se aplica a los sintagmas y a las oraciones de todo tipo, aun a las más complejas. En el momento en que pronunciamos la oración "¿Qué te ha dicho?" hacemos variar un elemento en un tipo sintagmático latente. Por ejemplo "¿Qué le ha dicho (a usted)?", "¿Qué nos ha dicho?", etc., y así es como se fija nuestra elección sobre el pronombre te. En esta operación, que consiste en eliminar mentalmente todo lo que no conduzca a la diferenciación requerida sobre el punto requerido, están en juego tanto los agrupamientos asociativos como los tipos sintagmáticos.

Inversamente, este procedimiento de fijación y de elección rige incluso las unidades mínimas y hasta los elementos fonológicos cuando están revestidos de un valor. No pensamos sólo en casos como "casa" frente a "casas", donde la diferencia descansa por azar en un simple fonema, sino en el hecho más característico y delicado de que un fonema desempeña por sí mismo un papel en el sistema de un estado de lengua. Por ejemplo, si en griego las letras "m", "p", "t", etc., no pueden nunca figurar al final de una palabra, eso quiere decir que su presencia o ausencia en tal puesto cuenta en la estructura de la palabra y en la de la oración. Ahora bien: en todos los casos de este género, el sonido aislado, como todas las demás unidades, será elegido tras una oposición mental doble: así en el grupo imaginario "anma", el sonido "m" está en oposición sintagmática con los que lo rodean y en oposición asociativa con todos los que el espíritu pueda sugerir. Por ejemplo:

anma
v
d
3. Lo arbitrario absoluto y lo arbitrario relativo

Se puede presentar el mecanismo de la lengua desde otro ángulo particularmente importante.

El principio fundamental de lo arbitrario del signo no impide distinguir en cada lengua lo que es radicalmente arbitrario —es decir, inmotivado— de lo que no lo es más que relativamente. Sólo una parte de los signos son absolutamente arbitrarios; en otros interviene un fenómeno que permite reconocer grados en lo arbitrario sin suprimirlo: el signo puede ser relativamente motivado.

Así, "veinte" es inmotivado, pero "diecinueve" no lo es en el mismo grado porque evoca los términos de que se compone y otros que le están asociados; por ejemplo, "diez", "nueve", "veintinueve", "diez y ocho", "diez mil", etc. Tomados separadamente, "diez" y "nueve" están en las mismas condiciones que "veinte", pero "diecinueve" presenta un caso de motivación relativa. El plural inglés "ships" (barcos) evoca por su formación toda la serie de "flags", "birds", "books", etc., mientras que ciertos plurales irregulares como "men" (hombres) y "sheep" (carneros) no la evocan.

No es ésta ocasión de averiguar los factores que condicionan la motivación en cada caso, pero la motivación es siempre tanto más completa cuanto más fácil es el análisis sintagmático y más evidente el sentido de las subunidades. En efecto, si hay elementos formativos evidentes, como en el "-ero" de "limonero", junto a "melocotonero", "duraznero", "higuera", etc., otros hay cuya significación es turbia o del todo nula. ¿Hasta que punto corresponde el sufijo "-ot" a un elemento de sentido en "cachot"? Relacionando términos como "melocotonero", "duraznero", "higuera" se tiene el vago sentimiento de que "-ero" es un elemento formativo propio de los sustantivos sin que se lo pueda definir más exactamente. Además, aun en los casos más favorables, la motivación nunca es absoluta. No solamente son arbitrarios los elementos componentes ("diez" y "nueve" en "diecinueve"), sino que el valor del término total nunca es igual a la suma de los valores de las partes: "limón" X "ero" no es igual a "limón" + "ero".

En cuanto al fenómeno mismo, se explica por los principios enunciados en el párrafo anterior: la noción de lo relativamente motivado implica 1) el análisis del término dado; por consiguiente, una relación sintagmática; 2) la evocación de uno o varios términos; por consiguiente, una relación asociativa. No es esto otra cosa que el mecanismo por el que un término cualquiera se presta para la expresión de una idea. Hasta aquí, las unidades se nos aparecen como valores; es decir, como elementos de un sistema. Nosotros las hemos considerado sobre todo en sus oposiciones; ahora reconocemos las solidaridades que los atan, que son de orden asociativo y de orden sintagmático. Ellas son las que limitan lo arbitrario. "Diecinueve" es solidario asociativamente de "dieciocho", "diecisiete", "diez mil", etc., y sintagmáticamente de sus elementos "diez" y "nueve". Esta doble relación le confiere una parte de su valor.

Todo lo que se refiere a la lengua en cuanto sistema exige ser abordado desde este punto de vista, que apenas cuidan los lingüistas: la limitación de lo arbitrario. En efecto, todo sistema de la lengua descansa en el principio irracional de lo arbitrario del signo que, aplicado sin restricción, llevaría a la complicación suprema; pero el espíritu consigue introducir un principio de orden y de regularidad en ciertas partes de la masa de signos, y ése es el papel de lo relativamente motivado. Si el mecanismo de la lengua fuera enteramente racional, lo podríamos estudiar en sí mismo; pero como no es más que una corrección parcial de un sistema naturalmente caótico, se adopta el punto de vista impuesto por la naturaleza misma de la lengua y estudiamos ese mecanismo como una limitación de lo arbitrario.

No hay lengua alguna en que no haya cosa motivada; en cuanto a concebir una en que todo estuviese motivado, eso sería imposible por definición. Entre los dos límites extremos —mínimo de organización y mínimo de arbitrariedad— se encuentran todas las variedades posibles. Los diversos idiomas encierran siempre elementos de dos órdenes —radicalmente arbitrarios y relativamente motivados—, pero en proporciones muy variables; carácter muy importante que puede entrar en cuenta en la clasificación de la lengua.

 En cierto sentido —que no hay por qué extremar, pero que hace palpable una de las formas de esta oposición— se podría decir que las lenguas en que lo inmotivado llega a su máximo son más lexicológicas, y aquéllas en que se reduce al mínimo son más gramaticales. No es que siempre sean sinónimos "léxico" y "arbitrario" de un lado, y "gramática" y "motivación relativa" del otro, pero algo de común hay en el principio. Son como dos polos entre los cuales se mueve todo el sistema, dos corrientes opuestas que se reparten el movimiento de la lengua: la tendencia a emplear el instrumento lexicológico, el signo inmotivado, y la preferencia dada al instrumento gramatical, es decir, a la regla de construcción. Se verá, por ejemplo, que el inglés da un lugar más considerable que el alemán a lo inmotivado; pero el tipo de lo ultra-lexicológico es el chino, mientras que el indoeuropeo y el sánscrito son muestras de lo ultragramatical. Dentro de una misma lengua, todo el movimiento de su evolución puede señalarse como un paso continuo de lo motivado a lo arbitrario y de lo arbitrario a lo motivado; este vaivén suele tener por resultado el trastornar sensiblemente las proporciones de esas dos categorías de signos. Así, el francés se caracteriza frente al latín, entre otras cosas, por un enorme acrecentamiento de lo arbitrario: mientras en latín "inimicus" evoca "in" y "amicus" y está motivado por ellos, "ennemi" no está motivado por nada; ya entró en lo arbitrario absoluto, que por lo demás es la condición esencial del signo lingüístico.

viernes, 16 de julio de 2010

El extraño idioma de Kampung Sebula

A finales de la década de 1950, el profesor George Ferguson daba clases particulares de inglés en su modesto departamento de la calle Fray Cayetano. Tenía una reputación de excéntrico que descansaba menos en una conducta atípica que en su elevada estatura.

Los vecinos aseguraban que el hombre era capaz de conversar en veinticinco idiomas, y el mismo Ferguson se encargaba de fomentar esa idea mediante el uso de saludos y frases de cortesía, mayormente en italiano. Pero al margen de fácil asombro de las viejas del barrio, sus discípulos estaban convencidos de que era un genio.

El presente trabajo se basa en noticias que aportaron dos de sus alumnos, los hermanos Daniel y Humberto Giangrante. Estos jóvenes, cuya aguda inteligencia no tardaremos en ovacionar, notaron que el profesor los despedía siempre con unas palabras que no parecían pertenecer al idioma inglés: reser fatino propisee. Un día se atrevieron a preguntar el significado de la frase. Ferguson reveló que aquello no era otra cosa que un saludo bastante usual en idioma sebulés, una lengua que se hablaba en Kampung Sebula, una región al norte de la isla de Natuna Besar, en el mar de la China. La traducción literal era algo parecido a sea el destino propicio a nuestro encuentro.
 
Mitad por curiosidad y mitad por eludir los rigores del estudio, los hermanos Giangrante tomaron por costumbre interrogar a Ferguson acerca de la extraña lengua de Kampung Sebula. El profesor no se negaba jamás y se entusiasmaba contando su juventud en aquellas regiones e ilustrando los episodios con explicaciones filológicas que se prolongaban muchas veces hasta el final de la clase.

Al cabo de algunos años, Daniel y Humbergo Giangrante dominaban mejor el sebulés que el idioma que habían pensado estudiar. Llegaron a tomar someros apuntes que sirven hoy como soporte de esta monografía.

Al parecer, la lengua en cuestión registra influencias del neerlandés, el idonesio bahasa, el chino, el javanés, el castellano y el inglés. Ferguson sostenía que era el idioma más complejo del mundo. La principal dificultad estaba en el pensamiento mismo de los lugareños, casi incapaces de concebir ideas abstractas. Sus mentes se resistían a desligar. Cada objeto era pensado sin separarlo de sus circunstancias.

En aquella región, palabras distintas designan a un mismo objeto en sus diferentes relaciones. La cama ocupada se menta con un vocablo (letork); la cama vacía, con otro (kabrera) y no comparten ambas palabras una raíz visible: el idioma sebulés no registra una vinculación lógica entre el concepto "cama" y las situaciones adjetivas. Sin embargo, la concurrencia de dos o más partes de la oración en una misma palabra es bastante frecuente en las lenguas más toscas.

Otra dificultad: una misma cosa es aludida con sonidos que son diferentes según quien hable. Escuela es laborek para un niño, tus para un adulto, lemb —que es también "recuerdo"— para un viejo.

Conjugaciones, declinaciones y casos varían según la edad, el sexo, la posición social y el color del pelo del hablante. Nada cuesta pensar que el tiempo, el progreso y las tinturas implican ciertamente un cambio de lenguaje. Además, cabe imaginar que es indispensable conocer todos los idiomas para poder relacionarse adecuadamente en Kampung Sebula.

El más sencillo de los sublenguajes era el de las mujeres solteras, de vocablos escasísimos, según explicaba Ferguson, porque los lugareños consideraban la ignorancia como una casta virtud.

A principios de siglo, la lengua de los pelirrojos estaba casi extinguida o, mejor dicho, casi no había pelirrojos en la isla.

Sólo los maestros podían hablar idiomas ajenos a su condición. Fuera de estos casos, la usurpación lingüística era castigada severamente. El profesor Ferguson reveló confidencialmente a los hermanos Giangrante que en ciertos cafetines de mala muerte existían hombres que hablaban el idioma de las mujeres. El nombre que se daba a estos sujetos variaba conforme al régimen ya expuesto.

Los pronombres personales usados para las conjugaciones significaban lo siguiente: yo, tú, él, ella, nosotros, nosotras, vosotros, vosotras, pocos, casi nadie, ellos, ellas, la mitad de mí mismo, el señor gobernador.

Curiosa es la función de la palabra ué, que sirve para indicar que la siguiente frase consigna una falsedad. De la misma manera ueué convierte en falso todo lo que se dice a continuación, sin otro límite que la aparición de la palabra nonset, que anuncia la finalización de la mentira. Los hermanos Giangrante preguntaron qué sucedía cuando el vocablo ué se presentaba en medio de una frase ya declarada falsa por un ué anterior. Ferguson se tomó un día para responder. Después declaró que el segundo ué debía ser tomado como una promesa de veracidad, y el tercero como un retorno a la mentira, de suerte que un número impar de advertencias era garantía de falsedad, y un número par lo era de exactitud.

Con el tiempo, los dialectos de Kampung Sebula se fueron multiplicando en virtud de la movilidad social y de la inevitable superposición de jerarquías: un soltero puede ser también viejo y morocho. Algunos espíritus nacionalistas intentaron imponer una lengua general, con el resultado de que se convirtiera ésta en una jerga más. Debe aclararse que la escritura sebulesa, como la china, posibilitaba por su carácter pictográfico el entendimiento entre personas de diferentes categorías: "casa" era masong para el anciano, kosmo para el niño, ué para el vagabundo, pero siempre se escribía dibujando una casa. Ferguson sostenía que la ausencia de algunos vocablos en la lengua sebulesa obedecía a la dificultad existente para dibujarlos. Los hermanos Giangrante dudaron de esta afirmación.

Los gestos no sólo enfatizaban, sino que completaban el sentido de la lengua hablada. La mano derecha apoyada en el hombro izquierdo indicaba el pretérito. La mano en la frente, el subjuntivo. La mano extendida hacia adelante, el futuro. La palabra sebulesa norm significa al mismo tiempo "manco" y "mudo".

El lenguaje poético estaba completamente separado del idioma cotidiano. Las palabras estaban destinadas a facilitar la rima: todas terminaban en ero o ajo. Por lo demás, las metáforas ya venían hechas. "Ojo" y "lucero" eran la misma palabra, como también lo eran "piel" y "pétalo", "estrella" y "diamante", "frío" y "desdén", "perla" y "diente", "desgracia" y "orín de perros". Existía para cada frase un segundo sentido, perfectamente explícito, al que recurrían los poetas o, mejor dicho, los empleados que se encargaban de la poesía.

El profesor George Ferguson murió en 1963. Los hermanos Daniel y Humberto Giangrante prometieron al despedir sus restos seguir aprendiendo el sebulés y visitar la isla de Natuna Besar, en cuya región septentrional se hallaba la ciudad de Kampung Sebula. En lo primero no pudieron perseverar demasiado. Entre los libros y papeles de Ferguson no hallaron ni siquiera uno que se relacionara con el lenguaje múltiple, a no ser una serie de aparentes pictografías que al fin vinieron a revelarse como obra de un sobrino del profesor. A pesar de esta frustración, los hermanos Giangrante consideraron que sus conocimientos y vocabulario les permitirían hacer pie en Kampung Sebula y empezaron a ahorrar para el viaje.

En enero de 1970, después de un viaje agotador, llegaron a la región. Al ver a un policía, se dirigieron a él en la lengua de los servidores públicos: —¿Dove hotel loca?

El vigilante no entendió absolutamente nada. Intentaron con otras personas utilizando todas las variantes que conocían. Pero no obtuvieron ni siquiera una respuesta. Encendieron la radio y lamentaron no haber prestado atención al curso de inglés de Ferguson, pues todas las canciones estaban en ese idioma. Buscaron algunos lugares que el profesor había evocado en las tardes de la calle Fray Cayetano: el salón IF, donde atendían prostitutas filosóficas; la calle He-ling, en la que era obligatorio besarse; el bar Gambrinus, donde los mozos se suicidaban si el cliente no estaba satisfecho.

Al ver que nadie comprendía el sebulés, los hermanos Giangrante dieron en pensar que tal vez la lengua se había ramificado hasta existir tantos idiomas como personas. Sin embargo, un marinero argentino les aseguró que allí se hablaba el indonesio o el inglés y que las palabras eran más o menos las mismas para todo el mundo.

Los Giangrante sintieron crecer en su interior una ominosa sospecha: ¿acaso el profesor Ferguson se había burlado de ellos? ¿Habían perdido su juventud estudiando un idioma inexistente, inventado por un borracho? (1)

Las noticias sobre los hermanos llegan apenas hasta aquí. Algunos dicen que fueron detenidos vaya a saber por qué delito y que están sepultados en un manicomio de Kampung Sebula tratando de congraciarse con los enfermeros hablándoles en el idioma de los trabajadores de la salud, que es el mismo que el de los locos.

(1) El profesor Ferguson en verdad no bebía.

Alejandro Dolina, El libro del fantasma, Ed. Colihue, 1era. edición, 3ra. reimpresión.