domingo, 29 de julio de 2012

"De marras"

Según el diccionario Clave, la expresión "de marras" significa "de siempre o ya conocido". El origen de la palabra "marras" es árabe, "marra", que significa "vez".

En cierta ocasión fui testigo de una anécdota bastante curiosa: el traductor Ricardo Chiesa nos estaba tomando un examen parcial; había dos versiones de dicho parcial, el famoso "tema A" y el "tema B". A mí me había tocado el tema B, y en el parcial destinado al tema A el profesor Chiesa había incluido la frase "de marras" en la siguiente frase: "el contrato de marras".

Gran revuelo gran entre mis compañeros del tema B: abrieron cuanto diccionario jurídico bilingüe tuvieron a mano para buscar qué era un contrato de marras. Pensaron que era un contrato que versaba sobre alguna figura jurídica que o bien no habían aprendido nunca, o bien que ya habían olvidado. En realidad, "el contrato de marras" no alude a ningún instituto jurídico, sino que significa lisa y llanamente "el contrato mencionado", "el contrato aludido / a que se ha hecho alusión".

Cuando el profesor Chiesa volvió con los parciales corregidos mencionó que pocos había resuelto satisfactoriamente ese escollo. En ese momento, me di cuenta de lo importante que es conocer y tener presentes ciertas locuciones y hasta palabras que suenan anticuadas y son anticuadas, pero que pueden aparecer en cualquier texto. Imaginemos en este caso que no estábamos en un parcial, sino traduciendo para un abogado veterano, que posee un idiolecto muy distinto del de un abogado joven. Seguramente ese abogado veterano habría escrito "el contrato de marras" en un memorando o en un escrito, y ya sabemos que el traductor, por su parte, debe seguirle el paso al autor original.

Esta anécdota también me hizo acordar un par de episodios que me sucedieron cuando yo daba clases en el instituto de inglés: había alumnos jóvenes que, ante determinada palabra difícil o que a ellos se les antojaba anticuada, me preguntaban: "Pero esta palabra ¿se sigue usando?", en un claro intento de "gambetear" el problema. Pero hete aquí que la lengua tiene dos caras: una activa -la que usa uno- y una faceta pasiva, que es el vocabulario que emplea el otro y que nosotros debemos comprender para posibilitar la comunicación

En el caso del contrato de marras, se había producido un pequeño "blip", un corte en la comunicación; se les había tildado el sistema. La cantidad de palabras que sepamos hace que, además de posibilitar una comunicación fluida (además de otros factores, claro está), podamos disfrutar más del acto comunicativo, puesto que nos sentiremos más competentes en la tarea de dialogar.


El punto y coma y el espíritu crítico


Esta historia tiene varios personajes: una querida compañera de trabajo en Turner Broadcasting, Alicia Pérez, una licenciada en letras con quien tomé clases de corrección gramatical y de estilo (a la que llamaremos "Silvia"), y una servidora.

Un día, Alicia Pérez, en uso de la autoridad que le conferían sus funciones, me dijo: "Luisa, usás demasiado el punto y coma, y según lo que vi en el curso de corrector de estilo de la Fundación Litterae (de donde ella es egresada), no se lo usa tanto". Y acto seguido me mostró un texto que yo había entregado y que ella había corregido; en varias de esas correcciones había cambiado el punto y coma por un punto y seguido.
Siempre me resulta interesante escuchar distintos puntos de vista sobre la gramática, la puntuación y el estilo porque de esa manera uno abre su mente y crece interior y profesionalmente. Me quedé reflexionando sobre lo que me había dicho Pérez y, como por entonces yo tomaba clases con la Lic. Silvia, aproveché para plantearle la cuestión.

La Lic. Silvia, luego de escuchar mi pregunta, reflexionó un segundo y me dijo: "Está bien, puede ser que ya no se lo use tanto, pero no está prohibido por la Academia; es decir que todavía está vigente y, si bien su uso es restringido, puede seguir empleándoselo".

Parecerá una tontería, pero esa simple frase me abrió toda una puerta a una forma de reflexionar sobre algo tan simple como los signos de puntuación. Me pareció que lo que había hecho la Lic. Silvia era aplicar el espíritu crítico a una afirmación, "el punto y coma se usa muy poco", que, a fuerza de subjetiva, tal vez brindaba una visión parcial de la cuestión (es decir, del uso del punto y coma).

En la escuela primaria y también en la secundaria me enseñaron el idioma castellano atado a una serie de dogmas: "esto es así y no de otra forma"; "esto es asá y de ninguna otra manera". Me resultó extraño, revolucionario, pero finalmente liberador darme cuenta de que los distintos gramáticos tienen ideas y posturas diferentes, sobre todo cuando hasta entonces yo misma creía que la gramática castellana estaba formada por ciertas reglas casi pétreas.

Usar más o menos el punto y coma me parece una sana cuestión de criterios, y en este punto me acerco a lo que escribí en otro artículo de este blog, "¿Qué nos pasa a los traductores?": me parece que el ejercer el espíritu crítico, alejarse de los dogmatismos o apegarse a ellos por buenas razones es lo que le da vida a nuestra profesión. Implica que el idioma también está vivo más allá de los neologismos; está vivo desde otro lado. Y adicionalmente el espíritu crítico nos ayuda, como dije en el artículo citado, a buscar el fundamento de por qué hacemos lo que hacemos. El traductor Ricardo Chiesa, querido profesor mío, siempre hablaba de elegir los equivalentes de las palabras y de fundamentar esas elecciones en textos reconocidos (diccionarios, libros de texto, por ejemplo). Nos hacía razonar. El uso más o menos extenso del punto y coma también nos obliga a leer sus reglas de uso, a razonarlas, a aplicarlas y a defenderlas. Todo un ejercicio para cuando tenemos que tomar decisiones más arriesgadas no ya en una traducción, sino en nuestra vida.

sábado, 28 de julio de 2012

La ¿panacea?


Desde hace ya un tiempo se vienen viendo en la pantalla porteña de la televisión por cable varias publicidades del sistema de enseñanza del inglés llamado Open English, un sistema que, por lo que muestran los avisos, es a través de Internet y con profesores nativos.

Es tal el énfasis que hace esta empresa en que "los profesores son nativos" que llegan hasta a ridiculizar a los profesores no nativos; es decir, los naturales de nuestros modestos países latinoamericanos que no solamente tenemos el tupé de aprender el idioma del Gran País del Norte (Estados Unidos) y de la Patria Pirata (el Reino Unido de Gran Bretaña [no te pusiste nombre, Gorosito]), sino que tenemos la caradurez de querer enseñarlo a nuestros compatriotas.

La primera reflexión que se me cruza por mi hueca cabeza cada vez que veo uno de esos avisos es que en Buenos Aires (no hablaré del resto de la Argentina porque no la conozco, y no hablo de lo que no conozco) hay excelentes institutos de enseñanza del idioma inglés cuyos profesores no son nativos. Esos excelentes institutos de enseñanza están poblados con profesores que, a su vez, se graduaron en las excelentes casas de estudios que tenemos en Buenos Aires. ¿Un solo ejemplo? El Instituto Superior del Profesorado Joaquín V. González. ¿Otro ejemplo? El Instituto Superior de Enseñanza en Lenguas Vivas Juan Ramón Fernández (el "Lenguas", para los amigos). Es decir, la caricatura que presentan los avisos del sistema Open English, la profesora Fulanita que estudió seis meses en Miami, distan años luz de lo que es la realidad porteña, con lo cual podemos, en principio, quedarnos tranquilos de que, si estudiamos como alumnos en un instituto de inglés mínimamente reconocido, tendremos la garantía de aprender un buen inglés.

Pero hay otros motivos para quedarnos tranquilos si no apelamos a la panacea, que en este caso viene a ser el profesor nativo: no sé si el público lector lo habrá observado, pero cada vez más los textos con que se enseña el idioma inglés –abrumadoramente británicos, muy pocos de ellos de origen estadounidense– incorporan el inglés hablado por distintas nacionalidades: te incluyen a un árabe hablando inglés, a un japonés hablando inglés, a un noruego hablando inglés, a un alemán hablando inglés. Es decir, esta tontería de que "el idioma te lo tiene que enseñar un nativo" queda derrotada por el mismo centro de donde emana el negocio del inglés: los mismos británicos te dicen: "Ojo, por si no te diste cuenta, que nuestro idioma lo habla todo el mundo. Acá tenés distintos acentos que te podés encontrar cuando salgas al mundo con tu flamante idioma inglés recién aprendido".

Pero adicionalmente hay más motivos para quedarse tranquilos: yo trabajé unos tres años en un instituto de inglés, chiquito, modesto, del copetudísimo barrio de Belgrano, y lo que saqué en limpio de mi experiencia en ese instituto es que el servicio que presta el famoso y nunca tan bien ponderado nativo es muy limitado: no solamente desaparecían un día sin dar explicaciones, y por ende dejaban en banda sus cursos —con lo cual las profesoras no nativas teníamos que sacarle a la directora las papas del fuego haciéndonos cargo de los susodichos cursos abandonados por "el nativo"—, sino que dichos nativos solían no tener conocimientos muy sólidos que digamos de la gramática de su lengua madre. Sí, son geniales para conversar, le dan a la sin hueso hasta por los codos; pero pediles que te enseñen cómo funcionan las oraciones subordinadas y a más de uno de los que yo conocí se les quemaban los papeles.

Ya sé que los escasos treinta segundos de la publicidad presentan sólo una versión y una visión esquemáticas de lo que es la enseñanza del inglés; me atrevo a decir, también, que la visión y la versión que Open English presenta de la enseñanza del inglés en países latinoamericanos es, además, un tantín ofensiva del material humano e intelectual con que contamos en la Argentina. Justamente por es esquematicidad me permito dejar constancia aquí de que no todo es blanco y negro; la enseñanza por parte de nativos garantiza muy poco, y si bien es necesario tener una pronunciación correcta del inglés, el adquirir el acento del inglés es casi imposible. Habría que irse a vivir a un país anglosajón y no volver a hablar castellano, puesto que, según mi modesta teoría al respecto, habría que reeducar el posicionamiento de los músculos fonatorios y utilizarlos como los utilizan los anglosajones. 

¿Acostumbrarse a escuchar otros acentos? Eso sí es importante. Pero ¿sabés qué? Hay tanta variedad en la televisión por cable (Film&Arts, por ejemplo), que no te hace falta acudir a Open English; con mirar las series, las películas y los programas que más te gustan ya tenés cubierto todo el espectro de acentos, desde Australia hasta la Patria Pirata, pasando por los cincuenta y tantos estados del Gran Ispa del Norte.

jueves, 26 de julio de 2012

¿Qué nos pasa a los traductores?

Recibí con mucho agrado (qué viva, porque me elogia) el correo electrónico de Natalia. 

El mencionado mensaje dice lo siguiente:

Hola, me tomé unos minutos para buscar una forma de contactarla porque conocí su blog por medio de unos de los grupos de LinkedIn y me pareció muy interesante.  Estuve leyendo algunas entradas y me lo guardé en "Favoritos" para ir leyendo más.  

Soy traductora de inglés, pero por muchos años no ejercí la profesión [...] .  Por este motivo, no estoy tan metida en el mundo de la traducción y conocer blogs como el suyo me ayuda a ver que mis opiniones no son tan diferentes de las de los profesionales con mucha más experiencia.  Está bueno saber que otros se indignan con las malas traducciones tanto como yo.  Y no sabe las cosas que hay que ver en las traducciones voluntarias de gente muy solidaria pero cero traductora.

En fin, no quiero molestarla, simplemente felicitarla por el blog y por su manera de pensar.

Saludos y que tenga buenas tardes,

Natalia

Por supuesto, agradezco cálidamente este mensaje, y lo agradezco no sólo porque me agranda el ego más de lo que lo tengo agrandado, sino porque me da pie a desgranar algunas reflexiones que, a renglón seguido, paso a compartir con la audiencia:

- Desde hace bastante tiempo vengo notando que los traductores somos personas (nótese el "somos", lo cual me incluye) muy apichonadas. Los abogados opinan sobre los fallos que dicta la justicia, sobre las modificaciones que se introducirán al Código Civil, sobre las ya introducidas al Código Civil, opinan sobre todo lo que consideran conveniente opinar. Lo mismo sucede con los contadores, cuyos conocimientos de economía les permiten opinar sobre los diversos momentos económicos de la Argentina. Los escribanos opinan, los arquitectos opinan, los licenciados en Economía opinan. Todos opinan... menos los traductores.

- Yo supe frecuentar un par de foros (no voy a promocionarlos aquí mencionándolos por su nombre), y resulta que me encontré con que si uno no opinaba según el consenso general de los dos o tres foristas "líderes", o si no opinaba en consonancia con la opinión de la dueña del foro (sí, esa que hace humo al amanecer), prácticamente te tiraban con tomates podridos por la cabeza. Me parece que la idea de expresar una opinión es precisamente eso: dar a conocer una visión totalmente subjetiva y parcial de las cosas, pero que forma parte del propio credo. No: el traductor espera de sí mismo y de los demás pronunciar la frase digna del frontispicio griego, una verdad inmóvil, absoluta y sapientísima que no pueda controvertirse.


- Muchachos y muchachas traductores, me parece que como primer ejercicio estaría bueno empezar a decir pavadas. No todo el tiempo, pero sí durante un buen rato. Y el siguiente ejercicio sería largarse a hablar con fundamento, pero con toda la libertad de defender el propio punto de vista, y refutar con toda energía no al que expresa una opinión contraria, SINO AL QUE PRETENDE CENSURARNOS.


Me parece que como comienzo no está mal. Y por supuesto que nos cabe no sólo la facultad de opinar sobre malas traducciones, publicidades mal redactadas, informes que da asco leer, sentencias con frases pretenciosas y todo otro texto que se aleje de los postulados básicos griceanos: creo que tenemos la obligación de hacerlo. Atenti, muchachos: cuando un lugar queda vacío, otro viene a ocuparlo. Lo dijo Freud, pasa con la dentadura... que no nos pase a nosotros, sobre todo a los que nos pelamos el culo estudiando.



 






Calcos de traducción - El adjetivo "legal"

Uno de los grupos de los que participo en LinkedIn es el de graduados de la Facultad de Derecho de la Universidad de Buenos Aires. Allí, con notble pertinacia, alguien se empeña en postear lo siguiente:

"Busque en nuestra base de datos de trabajo real de los trabajos legales por categoría o ubicación".

En principio, la sintaxis deja que desear; pero lo que también me preocupa es este pegajoso calco del inglés que consiste en utilizar la palabra "legal" cuando en el castellano de Argentina tradicionalmente se utilizaron otros adjetivos.

En este caso concreto, si hablamos de "trabajos legales", por oposición tenemos los "trabajos ilegales". Sí, por supuesto, yo tengo ganas de que me ofrezcan un trabajo legal, porque tengo muy poca habilidad y experiencia para los trabajos ilegales como robar, matar, extorsionar, destruir propiedad ajena, secuestrar, defraudar, etcétera. Además, lo lógico es que en un boletín de graduados de una universidad se ofrezcan trabajos legales y no ilegales. 

Humoradas (tontas) aparte, lo que se está ofreciendo es "trabajos en el área jurídica". Es un error ofrecerlos como "trabajos legales" porque el significado de la expresión "trabajo legal" es diferente de la expresión "trabajar de (o como) abogado".

Lo mismo sucede con la aplicación del adjetivo "legal" a "traducciones". "Tengo para vos una traducción legal". Misma objeción: ¿y cómo sería una traducción ilegal? ¿Sería la traducción de un documento donde un narcotraficante admite que trafica droga, por ejemplo? ¿De que un asesino asesinó a alguien? No, muchachos, estamos hablando aquí de una traducción jurídica, no de una traducción legal.

¿Podemos quedar de acuerdo en algo, en principio? No digo que todo tiempo pasado sea mejor, pero es cierto que antes, cuando yo era chiquita, y "más antes" también, se hablaba mejor.  Volvamos a hablar como nuestros abuelos, que vamos a meter la pata muchísimo menos.


miércoles, 25 de julio de 2012

Licenciatura en Argentinidad

Circula un viejo chiste sobre los argentinos: "Es buen negocio comprar a un argentino por lo que vale y venderlo por lo que él cree que vale". Sí, parece un chiste, pero resulta que, si es verdad que los argentinos somos agrandados (es decir, que alardeamos de características positivas que en realidad no tenemos), es porque los que tenemos algunos años encima hemos cursado varias materias, a la fuerza, que incrementan nuestro valor agregado.

Materia número uno: todo argentino es un casi experto en economía. Imposible vivir en la Argentina sin conocer los rudimentos de esa antigua disciplina, cosa de que no te emboquen los bancos y -una vez más- te confisquen los ahorros. En dólares, en pesos, en patacones, en euros, cada equis cantidad de años hay un terremoto financiero, y hay que estar, si no cubierto, mínimamente avisado.

Materia número dos: todo buen argentino que se precie de tal es experto en numismática. Ahora quizá no tanto, pero hemos tenido epidemias de billetes falsos y hasta de monedas falsas. Aprender a mirar la sombra que acompaña al prócer de turno, el colorcito del numerito del billete, afinar las dotes táctiles para ver si el papel era de posta (verdadero) o trucho (falso), calcular el peso de la moneda falsa (más liviana) versus el de la verdadera (más pesada) son habilidades de las que ningún argentino prescinde.

Materia número tres: todo argentino avezado es experto en criminología y seguridad. La disposición de las luces de la casa y de la calle, la contratación de alarmas y servicios de vigilancia, las precauciones que hay que tomar para meter el auto en la cochera, las precauciones que hay que tomar antes de salir de vacaciones, cómo organizarse entre los vecinos para combatir la mente criminal, entre muchos otros puntos del programa, son obligatorios para los argentinos.

Para redondear: no es que seamos fanfarrones, no. Es que nos hemos pelado el trasero a fuerza de corralitos, muertes gratuitas, desagio, confiscación de depósitos a plazo fijo, vedas alimentarias y financieras varias, bicicletas y aerobismos financieros, todo ello condimentado con gobiernos que dejan que desear, y nos gusta mostrar el título. 






Yo no fui

Con algunos verbo sucede lo siguiente: yo no ejecuto la acción en forma directa, sino que le encargo a otro (persona o cosa) que la ejecute. Es decir, casi, casi una expresión gramatical de la famosa frase de Bart Simpson, "yo no fui".

Un agotador infomercial que se difunde por cable en Buenos Aires promete que su plancha a vapor "desaparece las arrugas". Caos en mi tímpano, atentado contra el sentido común. En realidad, la susodicha plancha a vapor "hace desaparecer las arrugas". El verbo "desaparecer" es intransitivo. Fijémonos, si no: "La niña desapareció", y si la oración termina ahí tiene perfecto sentido y es gramaticalmente impecable. El verbo "desaparecer" sólo es transitivo si lo uso de manera causativa, es decir, si lo expreso de manera tal que le hago hacer algo a la plancha a vapor: "La plancha a vapor hace desaparecer las arrugas".

Otro ejemplo es "correr la voz" o, como anunciaba un candidato a Jefe de Gobierno de la ciudad de Buenos Aires en las últimas elecciones, "corré la bola". Estos usos están mal, son ilógicos y además suenan mal: lo que corresponde es "hacer correr la voz" o "hacer correr la bola", que en Buenos Aires es lo mismo. "Bola", en esta frase, reemplaza a "voz".