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jueves, 11 de octubre de 2012

Reciclar, reutilizar, reducir

Desde hace bastante tiempo llevo mis propias bolsitas a la verdulería, al supermercado, a donde sea que tenga que comprar algo.

Más de una vez la cajera del supermercado o el empleado de la verdulería/carnicería se me rieron, "si total no te cobramos la bolsita, ¿para qué la traés?".


Como siempre, la disfrazada sin carnaval, la viento en contra. 

Desde hace bastante tiempo nos esmeramos, mi marido y yo, en separar el papel, cartón y plástico en una bolsita, y los residuos orgánicos en otra, y tratamos de usar como corresponde los pertinentes contenedores que tan amablemente nos ha instalado el Gobierno de la Ciudad en nuestro barrio. 

Y digo "como corresponde" porque la mayoría de los vecinos ni se fija: allí donde vea un contenedor, tira su bendita basura, sin clasificar, sin fijarse si el contenedor es de residuos húmedos o secos. Un chiquero, parecen menos que amebas. No tiran al bebé o al perro porque Dios es grande.

Ahora, el Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires descubre el agua tibia: que tenemos que separar los residuos entre "reciclables" y "no reciclables", entre "húmedos" y "secos", para lo cual hacen que los supermercados grandes (en los supermercaditos chinos todavía no las vi) nos vendan dos tipos de bolsitas, para proceder a la susodicha clasificación.

En buena hora, chochamus, pero me parece que la tortuga está a varios kilómetros adelante. Ojalá que para otras iniciativas podamos mejorar la puntería, léase el "timing".

Personalmente, no tiro ningún sachet vacío de leche: se lavan todos y se guardan secos. Luego, los corto en una tira continua, de medio centímetro de ancho, con el procedimiento de caracol, y tejo al crochet con ese "hilado" plástico. No digo que quede elegante, muy por el contrario, pero próximamente les mostraré vía foto, en este mismísimo blog, la bolsita tejida con sachets de leche para poner los broches de la ropa, bolsa ésta que queda en la más recóndita de las intimidades del placarcito de los artículos e implementos de limpieza.

Tambíen estoy haciendo otra bolsita para poner el alimento de los gatos. Es decir, otra bolsita que no tiene por qué verse, que tiene un propósito meramente utilitario y que, por tal motivo, no tiene la obligación de verse elegante ni paqueta.

Con los mismos sachets de leche hice, al crochet, el asiento de una reposera chiquita y vieja, cuyo armazón en buen estado encontré hace mucho tiempo por la calle. No digo que ese tejido con sachets de leche pueda aguantar el peso de un ser humano, así que no lo recomendaría para ese uso; sin embargo, esta reposerita (cuya foto también mostraré cuando mi marido tenga que sacar fotos, así hacemos una tanda completa) será de uso de mis gatos. Y si no, que quede de adorno, pucha digo.

También guardo los cartones de las cajas de ravioles. Resulta que aquí, en la ciudad de Buenos Aires, las fábricas de pastas te venden los ravioles con unas cajitas de un cartón semiblando fantástico, que te sirve para hacer todo tipo de manualidades. Mi marido guarda la parte inferior, color gris, y yo guardo la parte superior, que en la fábrica de pastas de la que somos clientes viene estampada de colores.

Por supuesto, hay que sacudirle bien la harina, y sin más trámite queda un cartón buenísimo para varios usos. Yo armé unas cuantas flores para tapar la tapa de las bocas de luz, que son redondas, aburridas, de plástico blanco. Ditto, próximamente foto de ellas.

No digo que pueda hacerlo siempre, pero como tengo como cincuenta macetas de diversos tamaños en la terraza cada tanto viene bien echarle a la tierra de estas susodichas macetas las peladuras de zanahoria, por ejemplo, que nutre la tierra, lo mismo que las cáscaras de la papa cruda y de las frutas. Todavía no me animo a hacer compost, pero esto de echarle las cáscaras y restos vegetales a las plantas las ayuda en su crecimiento. Por lo menos a mí jamás se me secó o se me infectó una planta por mezclarles restos vegetales a la tierra.

Para todo lo que sea plástico tratamos de encontrar esas colectas en las que te piden artículos de plástico, desde tapitas de gaseosa hasta un balde viejo, para enviar a reciclaje y poder esas obras de beneficencia ganarse unos mangos que suelen ir al Hospital Garrahan o a instituciones parecidas. En Monte Castro hay varios comercios que tienen una canastita donde uno puede llevar las tapitas de gaseosa, agua mineral y agua saborizada, y ellos las entregan al destino que corresponde.

Con mi marido, parecemos dos botelleros (lo que en México sería un ropavejero; lo digo en "neutro" para que se entienda): cada cosa que vemos en la calle y que nos puede servir, venga. Tenemos un pie de máquina de coser pesadísimo, que alguien tiró a la calle hace como dos años. Todavía no lo usamos, pero se salvó de la perdición.

Lo mismo hacemos con maderas que están buenas. Sergio ya usó varias para sus trabajos.

No pido a nadie que recoja cosas de la calle. Sí me atrevo a pedir que apliquemos el eslógan del título: que le demos un segundo y hasta un tercer uso a las cosas (reutilizar); que reduzcamos la cantidad de basura que generamos y hasta me atrevería a pedir que reduzcamos la cantidad de artículos que consumimos (aunque no quiero inmiscuirme en la vida de nadie); y que enviemos prolijamente todo el cartón, el papel y el plástico a los pertinentes centros de reciclaje. 

miércoles, 3 de octubre de 2012

Fe de erratas (o de ignorancia)

Una aclaración: en el artículo del otro día, el del presunto diptongo "-ea", quiero aclarar que me equivoqué: "ea" no es un diptongo, sino un hiato. Me llamó la atención al respecto una forista española de uno de los foros de LinkedIn, y tiene razón. Así que, hecha la aclaración y mi confesión de ignorancia al respecto, les pido a todos que, en dicho post, donde diga "diptongo", por favor, léase "hiato". Gracias.

lunes, 1 de octubre de 2012

30 de septiembre, día internacional del traductor

Hay poco que pueda decirse sobre los traductores o la traducción y que, a esta altura de la velada, resulte original. Las frases son, por fuerza, siempre las mismas: "Ay, ojalá tengamos más trabajo", "Ay, esperemos que los clientes nos valoren más", "Uy, si pudiéramos obtener más reconocimento social". Todo esto es harto sabido y, si bien es necesario decirlo, porque el silencio sería una alternativa muchísimo peor, hoy tengo ganas de tomarme un recreo de esas frases.

Les cambio la efeméride de ayer, día internacional del traductor, 30 de septiembre de cada año, por uno de las personas que me ayudó a elegir esta profesión: les voy a hablar de mi abuelo materno, Natal Santiago Ghislanzoni. Tipo callado, meditabundo, muy lector. Era talabartero de oficio, pero le gustaba encuadernar libros. Compraba los folletines -los cuadernillos de entregas semanales- en el kiosko de diarios y los encuadernaba. Tengo varios de esos libros: las tapas con lomo de tela ya está agrietadas, la goma de pegar ya está reseca y muchos se abren de sólo tocarlos, pero esos libros -sainetes, tragedias de Shakespeare, libros de Hugo Wast- los tengo yo; por suerte, me quedaron a mí en inconsciente herencia, porque cuando mi abuelo falleció, en 1974, no hizo ni testamento ni nada. Mi mamá y mi tío se llevaron sus poquísimas cosas de la casa y se las repartieron.

Tengo un recuerdo que jamás se me va a borrar de la cabeza: mi abuelo vivía en Av. Jorge Newbery y Montenegro, frente al paredón del cementerio de la Chararita. Y su gran paseo conmigo era tomarme de la mano, cruzar la avenida (que por los años setenta no tenía el tránsito que tiene hoy; en esa época pasaban muchos menos autos), y llevarme a ver la tumba de Alfonsina Storni. Y me explicaba quién había sido Alfonsina Storni. Después, íbamos a ver la tumba de mi abuela y el panteón de algún otro personaje conocido. Creo que el mismo Jorge Newbery está sepultado allí, en la Chacarita.

Otro paseo al que me llevaba mi abuelo era caminar por el costado de las vías y sacar un par de limones del limonero de un vecino, al que saludaba cordialmente; pero como esos limones estaban colgados de ramas que excedían la pared medianera, no había ni disculpas, ni vergüenzas, ni explicaciones. Él agarraba los limones, saludaba, le devolvían un saludo respetuoso y listo. 

Todo esto sucedía mientras él me sostenía con su mano. No puedo olvidarme de esa sensación de estar protegida y acompañada por un caballero tan piola, con el que no hacían falta muchas palabras para estar a gusto.

Él fue el primero que me enseñó qué era una poetisa. Él fue el primero que metió en mi cabeza y en mi alma la idea de que hay gente que vive de escribir frases que riman y que suenan lindo. Él fue uno de los que me quitó el velo de los ojos y me dijo, a su manera: "Podés escribir".  

miércoles, 26 de septiembre de 2012

¿Qué nos pasa a los traductores? (Volumen IV)

En innumerables ocasiones he hablado en este blog sobre cierta falta de espíritu crítico que trasuntan ciertos traductores a través de sus traducciones. Por ejemplo, cuando -ya lo dije, insisto- incomprensiblemente dejan palabras en inglés en sus traducciones al castellano, so pretexto de que "igual se entiende", o cuando adoptan a pie juntillas y sin cuestionar alguna decisión estrambótica de la Real Academia Española, a la que idolatran sin ponerse a pensar si realmente las decisiones que toman un grupo de tipos allá, del otro lado del Atlántico, se ajusta a un criterio lógico o no.

De mi observación de colegas graduados/as en mi misma casa de estudios, la Universidad de Buenos Aires, no me queda otro remedio que extraer la siguiente conclusión: la falta de libertad de elección te convierte en un ser acrítico. Ahora, el plan de estudios cambió en la UBA, pero cuando yo estudiaba, hace no tantos años, el sistema era de cátedras únicas; es decir, era ya, de entrada, imposible o muy difícil discrepar con un profesor porque una corría el riesgo de que el profesor o la profesora se ofendieran y que uno no pudiera recursar y aprobar la susodicha materia hasta que el profesor o profesora ofendidos se jubilaran o se murieran.

De este sistema de cátedras únicas se desprendía entonces un acto reflejo que el alumno de Traductorado adquiría desde sus iniciales balbuceos pedagógicos: empezar a captar qué palabritas "le gustaban" al profesor de turno (sobre todo, de las materias de traducción) y cuáles "no le gustaban", para, a conveniencia, usarlas o no en las traducciones ¡y en los exámenes!

Entre esta postura y la de estudiar con un glosario predeterminado no hay ninguna diferencia. Ya hablé, también en este blog, sobre el lugar que deben tener los glosarios en el proceso de aprendizaje de la traducción (ruego a los lectores buscarlo). Aprender a traducir con un glosario en lugar de hacerlo con un señor diccionario es una barbaridad. La traducción, tomada seriamente como disciplina de estudio y como medio para ganarse la vida, exige realizar una indagación adecuada sobre el alcance semántico de cada término y la oportunidad para usarlo o no. Entonces, que ciertos alumnos empiecen a formarse una idea de "qué palabrita usar o no usar según el capricho del profesor" me parece atroz. Y esa atrocidad se consolida cuando uno no puede debatir con el profesor. Y esa falta de debate con el profesor/titular de cátedra se logra, ese silencio del alumno, lamentablemente se logra con un sistema en el que falta la libertad; es decir, un sistema de cátedras únicas.

Insisto: el plan de estudios de la UBA ha cambiado, e incluso antes del cambio ya se observaban algunos cambios en el sentido de que, por materia, en algunas materias, hubiera dos cátedras. No sé ahora, con el nuevo plan de estudios, si hay más cátedras disponibles o volvimos, como en el juego de la oca, al casillero número uno. Es difícil exigirle al sistema universitario que una carrera tan minoritaria en cuanto a cantidad de alumnos se impongan tres o cuatro cátedras por materia. Pero tampoco se puede achacarle todo al sistema; tenemos, como traductores, como ex alumnos universitarios, como actuales profesionales, la capacidad de pensar, de criticar (en el sentido de "analizar"), de utilizar el sentido común, el buen criterio y el raciocinio para analizar la realidad, desde lo que pase en la Argentina hasta lo que pase en el texto que estamos traduciendo. Además, hay magníficos libros que nos ayudan, enseñan y estimulan a pensar, si es que no nos lo enseñaron en la universidad, en casa o en la secundaria.

Así como la educación nos hace libres, también nos ayuda a ser libres la capacidad de analizar la realidad -insisto, desde lo que haga el gobierno hasta lo que haya hecho el autor de nuestro texto- para poder ver dónde estamos parados, por qué nos pasa lo que nos pasa y para comenzar a ver cómo podemos cambiarla.

martes, 25 de septiembre de 2012

Desconfío

Lamento si a alguien no le gusta lo que estoy a punto de escribir, pero es lo que pienso: desconfío del traductor que no estudió en ninguna parte, el que es traductor porque él lo decretó.

Sí, yo imagino eso: el tipo (o la dama) se levantó una mañana y dijo: "¿Qué hago de mi vida? ¿De qué trabajo? ¿Cuál va a ser mi profesión?", y sin más se respondió: "Ah, buenísimo: voy a ser traductor/a".

Sabe -porque a esta altura es fácil averiguarlo en Internet, por ejemplo- que hay carreras de traducción, pero no: se anuncia como traductor/a e intenta obtener trabajos como tal.

Yo no puedo confiar en alguien cuyo ¿conocimiento? de las técnicas de traducción y de las materias sobre las que traduce no esté avalado por alguna institución, por un curso aunque sea mínimo. No hablo de que me guste o no me guste: hablo de que no puedo confiar en lo que esa persona dice ser.

domingo, 26 de agosto de 2012

No digas "sí", di "oui"


El 12 de agosto pasado falleció mi colega y amiga Françoise Martins de Souza de Pérez Fernández, traductora de francés (su lengua materna) y de inglés. Fran transitaba ya su octava y muy activa década de vida.

Fran daba clases de francés en la Casa de la Cultura de Ramos Mejía y también en la Carrera de Turismo de la Universidad de Morón, su querida casa de estudios, donde había recibido ambos títulos. Y por supuesto, traducía y era muy querida y apreciada por sus clientes.

Françoise Jane Martins de Souza de Pérez Fernández, junto a una servidora, traduciendo, traduciendo, traduciendo, traduciendo...

Cuatro años atrás hicimos un trabajo juntas, en inglés y francés, para un muy buen cliente mío. Tuvo la amabilidad y la paciencia de venir a mi casa –yo me había mudado hacía poco-, y cuando habíamos terminado todo el bricolage del sellado, cosellado y firma de la enorme traducción que habíamos hecho, nos tomamos un tecito. Entre tantas cosas, me dijo: "Bebé, dentro de cinco años me jubilo y allí comienzo a estudiar la Licenciatura en Historia, en la Morón". Mi marido y yo nos quedamos maravillados: era fantástico ver a una mujer de esa edad con proyectos, como si hubiera tenido veinte años. Pensar que hay tantísima gente que a los sesenta o sesenta y cinco años piensa en colgar los botines. Ella no.

La conocí en el año 1991, cuando ella ya era una señora traductora (al igual que yo, había estudiado de grande y se había recibido de grande) y yo era una timorata estudiante del Ciclo Básico Común de la Universidad de Buenos Aires. Tuvo también entonces la paciencia y la amabilidad de orientarme en la carrera de traducción, de confirmar ciertas teorías que yo tenía sobre la traducción y de corregirme otros tantos errores. Una de las primeras frases que me dijo fue: "El traductor tiene que ser una persona muy humilde porque siempre se aprende algo nuevo". Y sí, es una buena actitud la de tener la cabeza abierta a nuevas técnicas, a nuevos conocimientos, a poder decir: "A ver, este tema no lo conozco a fondo, pero veré si puedo no cerrarme a él y aprender algo nuevo".


Otro consejo que me dio, también al principio de nuestra amistad, fue que comprara todo tipo de diccionarios. Estoy hablando de la época en que Internet NO EXISTÍA (no se rían; no soy de la época de Juan Manuel de Rosas; antes de 1995 casi nadie tenía Internet en la Argentina). Me decía ella: "Si lo encuentras, cómprate hasta el Diccionario de la Poda del Malvón; porque una madrugada, a las tres de la mañana, en un texto que nada que ver puede aparecer un término referido a la poda del malvón, y allí tienes el diccionario, que puede salvarte".

También recuerdo ahora, a propósito del Diccionario de la Poda del Malvón, una anécdota que ella misma me contó y que le sucedió a ella. Ubico a los lectores: estamos hablando, insisto, de una época en que Internet NO EXISTÍA (lectores jóvenes: sí, esa época existió). Eran ya las doce de la noche, ella estaba traduciendo no sé qué texto, y en el medio de ese texto aparece una sigla, I.R.S. Sí, claro, hoy gugleamos la sigla y en dos segundos sabemos que se trata del Internal Revenue Service, la agencia recaudadora de impuestos de Estados Unidos. Bueno, ella no lo sabía, no sabía a qué se podía referir cada una de las letras de la sigla, no aparecía en ninguno de los diccionarios / glosarios que tenía, y vencida por el cansancio y la incertidumbre, decidió irse a dormir. Pensó que le diría al cliente que, bueno, no sabía de qué se trataba la sigla, qué le iba a hacer; era traductora, no súper-heroína.


Cuando llegó a su cama, resulta que se despabiló. Claro, tanta tensión, tanto trabajar, delante de la máquina de escribir (*) creés que tenés sueño y cuando llegás a la cama, los ojos parecen el dos de oro. Para ver si conciliaba el sueño, tomó una revista TV Guía y se puso a leer trivialidades. Una de las noticias en la que se posaron sus ojos hablaba de "Sylvester Stallone y sus problemas con el I.R.S., organismo equivalente a la D.G.I. (Dirección General Impositiva) argentina". ¡¡Eureka de los eurekas!! La TV Guía le había dado flor de mano para resolver el misterio de la sigla impenetrable. Desde ese día, Françoise guardó siempre un enorme respeto por esa revista.
 
Fran adoraba a todos los animales, pero tenía especial predilección por los gatos. Últimamente tenía uno solo, Romeo, un siamesito dulce y muy bien educado, y también se dedicaba a darle de comer en la puerta de su casa a las palomas de su cuadra. Pude ver un par de veces cómo, llegada las cinco de la tarde más o menos, las palomas, torcazas y gorrioncitos se agolpaban en el cable del teléfono que pasaba por la puerta de la casa. Cuando ella abría la puerta, llevando en la mano el balde con el alimento, bajaban todas en tropel y se ponían a comer lo que Fran distribuía en la vereda y en su propio jardín delantero.

Fran había traducido multitud de libros para diversas editoriales, y también había traducido obras de teatro. Era fascinante oírla hablar de lo mucho que conocía de artes, de arquitectura, de historia. Una de esas charlas, una de las últimas, la tuvimos en la confitería "Diva" del centro de Ramos Mejía (situada en la otra esquina de la Casa de la Cultura de Ramos Mejía), a la cual me citó no solamente porque yo le había encargado una traducción en francés y ella iba a entregármela, sino, según sus palabras, "porque el lemon pie de esa confitería es espectacular".

Sí, claro; el día que nos encontramos me manduqué flor de porción de lemon pie con un tecito de boldo, eso sí. La vez siguiente —en que también nos encontramos en la confitería Diva con motivo del sellado, cosellado y firma de otra traducción—, me manduqué una porción de torta, esta vez de Selva Negra, en conjunción con mi marido, que me había ido a acompañar a dicho evento. En esa ocasión, ella nos habló largo y tendido sobre la variedad de francés que se habla en Quebec. Tomá pa' fruta.

Una cosa es hablar de Françoise, y otra muy distinta es haber estado en su presencia y haber disfrutado de su personalidad. Todo tiene un final, todo termina, y lo mejor es que su final haya sido el final que marca una vida productiva, fructífera, exenta de rencores y, muy por el contrario, llena de generosidad para quienes fueron sus alumnos y para quienes todavía somos sus amigos.

(*) Sí, máquina de escribir. La computadora hogareña, en el momento en que dicha anécdota le aconteció a Fran, era un sueño lejano, un aparatejo que ocupaba todo un recinto en alguna universidad norteamericana.

miércoles, 25 de julio de 2012

Licenciatura en Argentinidad

Circula un viejo chiste sobre los argentinos: "Es buen negocio comprar a un argentino por lo que vale y venderlo por lo que él cree que vale". Sí, parece un chiste, pero resulta que, si es verdad que los argentinos somos agrandados (es decir, que alardeamos de características positivas que en realidad no tenemos), es porque los que tenemos algunos años encima hemos cursado varias materias, a la fuerza, que incrementan nuestro valor agregado.

Materia número uno: todo argentino es un casi experto en economía. Imposible vivir en la Argentina sin conocer los rudimentos de esa antigua disciplina, cosa de que no te emboquen los bancos y -una vez más- te confisquen los ahorros. En dólares, en pesos, en patacones, en euros, cada equis cantidad de años hay un terremoto financiero, y hay que estar, si no cubierto, mínimamente avisado.

Materia número dos: todo buen argentino que se precie de tal es experto en numismática. Ahora quizá no tanto, pero hemos tenido epidemias de billetes falsos y hasta de monedas falsas. Aprender a mirar la sombra que acompaña al prócer de turno, el colorcito del numerito del billete, afinar las dotes táctiles para ver si el papel era de posta (verdadero) o trucho (falso), calcular el peso de la moneda falsa (más liviana) versus el de la verdadera (más pesada) son habilidades de las que ningún argentino prescinde.

Materia número tres: todo argentino avezado es experto en criminología y seguridad. La disposición de las luces de la casa y de la calle, la contratación de alarmas y servicios de vigilancia, las precauciones que hay que tomar para meter el auto en la cochera, las precauciones que hay que tomar antes de salir de vacaciones, cómo organizarse entre los vecinos para combatir la mente criminal, entre muchos otros puntos del programa, son obligatorios para los argentinos.

Para redondear: no es que seamos fanfarrones, no. Es que nos hemos pelado el trasero a fuerza de corralitos, muertes gratuitas, desagio, confiscación de depósitos a plazo fijo, vedas alimentarias y financieras varias, bicicletas y aerobismos financieros, todo ello condimentado con gobiernos que dejan que desear, y nos gusta mostrar el título. 






viernes, 22 de junio de 2012

La gatita Efi


Todo el mundo sabe que este blog es amigo de los gatos. Aquí les presento a una gatita amiga, Efi, domiciliada en la zona norte del Gran Buenos Aires.

Su dueña se llama Paula, hija de Viviana, una amiga de mi familia.


Qué gatito no hace monadas. Ésta es una de las monadas de Efi.

Un tierno primer plano de Efi. Yo le agarraría los cachetitos y les daría unos buenos pellizcos.


Y aquí está Efi haciendo monadas sobre la cabeza de Francisco, que es hermano de Paula (dueña de la gatita, recordemos) e hijo de Viviana.















El gatito Godzilla


Éste es mi gato Godzilla, acostado cuan largo es sobre una mesita que tengo en el living.

lunes, 6 de febrero de 2012

El enojo del traductor

Participo de algunos grupos de la red LinkedIn. En uno de ellos -ya no recuerdo en cuál, y poco importa aquí-, la pregunta que alguien había formulado era "¿Por qué a los traductores les molesta tanto que los corrijan?".

Me detuve a ver algunas de las muchas respuestas que provocó una pregunta tan urticante. Los argumentos eran diversos y no voy a exponerlos aquí; aquí prefiero exponer mi punto de vista, que no volqué en dicho grupo porque, por empezar, la pregunta era demasiado vaga.

Yo me preguntaría: "¿Respecto de qué tipo de cuestiones les molesta a los traductores ser corregidos?". Puede tratarse de cuestiones de fondo (la verdad ideológica de lo que se está diciendo en el texto meta) o puede tratarse de cuestiones de forma (alguna cuestión de puntuación, de gramática, de ortografía o similares). Para dar una respuesta más acabada, habría que especificar un caso dado y responderse uno mismo por qué se enojó o se molestó en dicha circunstancia.

Voy a recordar mental y privadamente algún caso personal -describir alguna de las anécdotas de las que fui protagonista sería muy largo y con mucha mala onda; evitemos ese tipo de cosas-, y les digo lo siguiente: me molestó en cierta ocasión que me corrigieran un escrito jurídico extensísimo porque la traductora que coordinaba el trabajo "había omitido" pasarme el glosario que el cliente exigía. Entonces, tuve que trabajar dos veces por el mismo (bajo) precio: una vez, haciendo la traducción misma, y la segunda vez, corrigiendo errores que pudieron haberse evitado de entrada.

En otra ocasión no me molestó que me corrigieran; me molestó que el corrector me dijera "vos te equivocás mucho". ¡Por supuesto que me equivoco, no sé si mucho o poco! Trabajo sola; no tengo una asistente que oficie de par de ojos (y, por qué no, cerebro) adicional para que vaya revisando mientras yo traduzco; y además cada oración implica 1) entender el significado en la lengua de partida; 2) volcarla de una manera gramatical a la lengua meta; 3) verificar el significado de palabras que puedan generar dudas; 4) verificar concordancias de género y de número; 5) verificar que no se produzcan incongruencias entre las distintas partes de la oración; 6) hacer que esa oración tenga el registro adecuado según el texto; 7) verificar que esa oración sea congruente con la anterior y con la siguiente. Hermano, si pretendés que en el fárrago de estas siete operaciones -que el traductor hace de manera más o menos simultánea- yo, trabajando en la soledad de mi casa, no me equivoque, no sé, ¿qué pretendés? ¿Que yo sea Dios? Imposible.

El secreto que tenía ese corrector de estilo era que no leía lo que yo entregaba. Por lo menos, no lo leía a fondo. Entonces, los errores los cometía él, no yo. Pero, bueno, cada uno sabe qué calidad de trabajo tiene que hacer durante el día para dormir sin remordimientos a la noche.

A manera de redondeo, y además de lo que acabo de decir, lo que me parece es que:

1) la traducción es un trabajo artesanal y solitario. Uno se equivoca porque no hay un par de ojos que lo ayuden, y por otro lado, lo artesanal hace que ese trabajo de traducción sea único. Así como es inconcebible que un artista o artesano manosee el cuadro o la escultura de otro (no hablo de restauradores, sino de artistas colegas), en ciertas ocasiones, para ciertos trabajos, es difícil entender que otro traductor venga y nos critique el trabajo;

2) el trabajo y el esfuerzo que llevan hacer una buena traducción hace que uno quede tan exhausto y, a la vez, tan orgulloso de su trabajo (yo, por lo menos, no entrego hasta sentirme bien con la traducción realizada), que ciertas correcciones le suenan a uno como que "me pincharon el globito";

3) en cuanto a gramática, ortografía, puntuación y registro, todo buen traductor es un constante alumno en estas cuestiones; entonces, da bronca que otro se ponga en sabelotodo y se ponga a señalar errores o, peor aún, presuntos errores; y hablo de "presuntos errores" porque dentro de ciertos límites la gramática es flexible. Véase, como muestra, la cuestión del participio: con verbos que no sean el verbo "haber", ¿forman una frase verbal, o no la forman y el participio forma parte de una construcción verboidal de participio? Es un tema -insisto, por nombrar uno solo- en el que ni siquiera los gramáticos están de acuerdo;

4) y para terminar, también tiene que ver la buena o mala leche con que te señalan los errores. Si después de que uno laburó como un condenado, viene alguien con mala leche o conocimientos muy inferiores a los de uno, y sí, la verdad es que da bronca. Uno no es de acero inoxidable y tiene su amor propio.  

miércoles, 4 de enero de 2012

A propósito de los avatares de ser traductor

Ayer nomás (como la canción) escribí el artículo "Educar al cliente", y noté que, pese al poco tiempo que estuvo publicada, tuvo gran cantidad de lectores.



En algún otro punto de este blog también publiqué algún que otro artículo sobre los avatares de la profesión: hay uno sobre el maltrato que ciertos profesores ejercen en las aulas, hay por ahí otro artículo sobre la traducción jurídica como presuntamente -según ciertos colegas- más importante que la traducción literaria o que la audiovisual. También estos artículos fueron muy visitados.


Si hay algún otro artículo sobre las miserias y alegrías de ser traductor a diario (no ocasionalmente) y no lo nombro en este momento, se me disculpará.


En este punto, me siento en la necesidad de decir lo siguiente: no es la idea de este blog hablar sobre la práctica cotidiana de la traducción. Por lo menos, no es la idea central. La idea central es hablar sobre el idioma, sobre los idiomas, sobre la traducción de unos a otros, sobre las palabras y sobre todo aquello que figura en cada uno de los artículos.


El motivo que justifica esta decisión es la siguiente: el ejercicio de la profesión del traductor tiene sus particularidades. Eso no se discute. Pero también es cierto que tiene otras reglas que no escapan a las generales de la ley. Me ha pasado muchísimas veces que un cliente no me quisiera pagar un trabajo hecho; y más grave aún: me ha pasado que un colega que me había derivado un trabajo no me quisiera pagar, o me demorara el pago mucho más de lo que se estila. La solución a este problema no está en un blog, ni en un foro: está, como digo siempre, en el sentido común. Hay que consultar con un abogado. Y en lo posible, hay que contagiarse un poquito de la cultura estadounidense: hay que consultarlo antes de comenzar a tener trato con los clientes -para tener bien en claro de qué manera manejarse- y no después, cuando me contrataron "de palabra" una traducción y después se hacen los osos al momento en que tendrían que aparecer los morlacos.


Otra cuestión con la que tiene que vérselas el traductor es su situación ante el ente recaudador de impuestos que le corresponda. Ese tema tampoco corresponde ser tratado en un blog ni en un foro: hay que consultar con un contador, que es la persona idónea para brindarnos todas las respuestas.


También se nos presenta a los traductores la ardua pregunta del cuánto cobro. Allí sí vale la consulta en algún foro o con colegas, pero luego de alguna incertidumbre inicial cualquier traductor que ejerza su profesión a diario (no me canso de repetirlo) sabe bien cuánto cuesta su tiempo y por cuánto estaría dispuesto a trabajar. Me ha sucedido de aceptar traducciones por un honorario que no cubría mis expectativas, pero que implicaba un enorme bagaje de experiencia, trabar amistad (o, al menos, contacto) con gente del medio editorial o de la traducción, ganar conocimientos y poder multiplicar esos conocimientos en trabajos de iniciativa propia. Me parece que no es poco.


Resumiendo: como persona, soy bastante independiente. Cuando me recibí de traductora (cuando me gradué de traductora), pasó como un año y medio en el que constantemente le hacía consultas a un querido profesor, el abogado, traductor y profesor de inglés Ricardo Chiesa. Un día me planteé que yo ya estaba recibida y que no podía seguir dependiendo indefinidamente del que ya no era mi profesor. Me propuse tomar mis propias decisiones al momento de traducir y afrontar las consecuencias de esas decisiones. Lo mismo me sucedió con mi trato con los clientes y con el manejo cotidiano de la profesión: consultar con el profesional correspondiente y no llevar mi llanto a un blog ni a un foro. Es más: la propuesta que me hice fue no llorar sobre la leche derramada, lo cual implica no tomar un trabajo si el cliente parece sospechoso, tomar los debidos recaudos cuando sí acepto un trabajo, mantener al día mi situación tributaria con la AFIP y, en general, hacer un ejercicio lo más prolijito posible de la profesión.


Esta decisión me llevó, lamentablemente, a dejar de trabajar con ciertos colegas a los que, como ya mencioné, había que operarles el bolsillo para que desenfundaran el billete. Me peleé con un par, y no podía seguir peleándome con el resto de la matrícula. Y fue una decisión sana: vinieron otros clientes y se desarrolló en mí la saludable sensación de que yo podía poner la cara ante ellos, que podía dialogar con ellos, y que podía negociar las tarifas y las condiciones de pago. En definitiva, estrenaba mi independencia profesional. Porque en la profesión del traductor, asumir la propia valía equivale a haber recorrido el cincuenta por ciento del camino.


Se terminó. Espero que sea la última vez que tengan que oírme (y escucharme) hablar de estas cuestiones tan personales.





viernes, 30 de diciembre de 2011

La voz y el eco

Voy a hablar por mí; no voy a generalizar: como traductora, estoy acostumbrada a no tener mis propias ideas en el papel, ni a tener voz propia. Mi texto es el texto que otra persona escribió antes, y mi voz tampoco es totalmente propia, sino que es un eco de una voz que se manifestó antes.


Jamás me había planteado esto hasta que decidí escribir. Y esta cuestión, la de encontrar la voz propia, surgió con urgencia cuando escribí, a lo largo (casi) de este año, el Diccionario Crítico. Quienes hayan conocido el anterior Diccionario de Falsos Cognados sabrán que fue más bien un trabajo de "copie y pegue" de definiciones tomadas de diccionarios, ejemplos tomados de textos y alguno que otro ejemplo propio.


Cuando me puse a escribir el Diccionario Crítico, se me impuso la necesidad de crear mis propias definiciones -muchas veces, en consonancia con los lineamientos de los grandes diccionarios; otra veces, en disidencia de ellos-, la necesidad de introducir explicaciones que justificaran por qué considerar que dos voces son falsos cognados, y sobre todo la necesidad de salir de lo establecido, del almidón que supone una obra presuntamente seria como un diccionario.


Me resultó extraño pero a la vez reconfortante descubrir que tenía voz propia. Me resultó un alivio redactar cada artículo (del Diccionario y también de este blog) como sentía yo que debía ser escrito. Me ayudó a llegar al fondo de mi persona. Me ayudó a saber que puedo escribir sin imitar a nadie y sin ser el eco de nadie.


Mañana no termina nada, y pasado mañana no comienza nada. Los días se suceden unos a otros y la vida es un continuo. No hay medianeras entre un 31 de diciembre y un 1 de enero, y si las hay, se trata sólo de medianeras fictas. Dentro de unos días comenzaré con un nuevo proyecto, mitad de escritura y mitad de traducción, que espero sea fiel a lo que quiero hacer. Seguramente habrá muchos ensayos en el medio. Tal vez quede como la traducción de varios cuentos y no haya escritura. Eso dependerá de lo que pida el material y de lo que sienta yo que es auténtico hacer.


Hay quienes no escriben, no ejercitan su voz propia, porque no lo necesitan, o porque creen que no pueden, o por temor al ridículo, o por vaya a saber cuántos motivos. Yo hoy me alegro de haber dado un paso más allá de la traducción y haberme introducido, creo que de manera estable, en el campo de la escritura. Me alegra dejar de ser siempre el eco y de ser también la voz.





martes, 6 de diciembre de 2011

Reflexiones misceláneas

Veo -no sin cierta intriga- que en los programas de cocina, sobre todo los de la señal "Utilísima", se hace especial hincapié en "tener este plato preparado por si llega alguna visita de sorpresa, así tenemos algo que ofrecerle".

Yo no sé si los tiempos cambiaron mucho; tal vez sí, porque a mí me enseñaron que 1) si querés ir a visitar a alguien, primero le avisás que vas a pasar, cosa de no obligar al otro a que se tenga que bancar la visita; y fundamentalmente me enseñaron que 2) supongamos que hay muchísima confianza y hago una visita sin anunciarme antes; es básico y elemental NO IR CON LAS MANOS VACÍAS. O sea: no sólo caigo como peludo de regalo, sino que además me tienen que alimentar.

Tal vez los tiempos hayan cambiado mucho y yo no me enteré. Puede ser. Soy bastante ermitaña. Este mundo -en donde catar vinos se ha convertido en todo un acontecimiento y en donde el frenesí de los programas de cocina muestra casi con obscenidad eso a que mucha gente hoy no tiene acceso- cada vez me resulta más extraño.

miércoles, 30 de noviembre de 2011

Sincronicidad

No sólo el grupo The Police habló de la sincronicidad en una de sus canciones; también Deepak Chopra se refiere a ella. La sincronicidad consiste en el acaecimiento de un hecho afortunado en el momento y lugar precisos y adecuados para una persona determinada.

Que yo recuerde ahora, la sincronicidad vino a mi encuentro en dos oportunidades relacionadas con las letras (fuera de ese campo, en muchas otras ocasiones): la primera vez fue cuando yo estaba en quinto año de la secundaria. Los sitúo: clase de Gramática Histórica, un plomo absoluto para mis compañeras PERO NO PARA MÍ, que adoraba esa materia y adoraba a la profesora, cuyo nombre ahora, lamentablemente, no recuerdo. La profesora pregunta que cómo se llama la alteración de la posición de alguna vocal o consonante en las palabras. Silencio de sepulcro, en medio del cual se levanta la mano de una servidora y dice "metátesis". Sonrisa radiante de la profesora, que procede a felicitarme calurosamente por "recordar temas del año pasado". Yugular a punto de estallar de varias de mis compañeras, que odiaban la materia y que no podían entender cómo la nerd de Luisa se podía acordar de la puta metátesis.

No es que recordara el libro ni los apuntes del año anterior. Sucedió que el sábado anterior al día de la anécdota que acabo de contar me puse a limpiar la biblioteca de mi cuarto. Plumerea que te plumerea, saqué el libro de Gramática Histórica de cuarto año, lo abrí al azar, y allí estaba la metátesis. Leí esa página, guardé el libro en su lugar y seguí plumereando. Yo pude haber abierto el libro en otra página, pero no; lo abrí, sin querer, en la página donde se explicaba la metátesis. Y a los pocos días se dio la sincronicidad.

Otro ataque de sincronicidad lo tuve el primer día de clase en la materia Traducción II en la U.B.A. Estábamos viendo un texto donde se mencionaba la "pollerita" de una locomotora. La profesora pregunta: "¿Y cómo se llama en teoría de la traducción esto de la "pollerita" de la locomotora?". Nuevamente, silencio de la concurrencia, que no entendía bien la pregunta o no sabía su respuesta. Nuevamente, mano levantada de quien les escribe, que responde: "Según Peter Newmark, es una metáfora muerta". Sonrisa y mirada significativas de la profesora, contenta de que su pregunta no hubiera caído en saco roto. Por mi parte, otra sincronicidad: la metáfora muerta era un concepto que yo había visto cinco años antes, cuando había cursado Traducción I, pero que había repasado de casualidad días antes. Aquí no hubo plumero, no había biblioteca polvorienta, pero sí había yo repasado algunos conceptos para no ir tan descolgada a clase. Y justo se presenta la pregunta para la cual yo tenía la respuesta, sin esfuerzo, sin lágrimas y sin transpiración. La sincronicidad se encargó de todo.


Una seda

Cuando yo era chica, viajábamos bastante con mi familia, en auto, a distancias no muy grandes, pero mi viejo siempre tomaba la avenida General Paz. Para quienes no conozcan la Ciudad de Buenos Aires, les explico: a diferencia de otras ciudades del mundo, la Ciudad de Buenos Aires cuenta con una férrea delimitación, la avenida General Paz, que circunvala gran parte de la ciudad y que la separa de lo que se llama "Gran Buenos Aires"; es decir, el cinturón suburbano que oficia de interfaz entre la Ciudad de Buenos Aires y la zona rural propiamente dicha de la Provincia de Buenos Aires.

Entre los pocos carteles que se encontraban en esa época en la avenida General Paz estaba el cartelito de "Ceda el paso". Yo lo leía y decía (tendría yo unos siete años): "¿A quíén se le ocurre hacer publicidad de una tela (la seda) en plena General Paz?". Aclaro que, así como no tenía bien incorporada la hache, yo confundía la "seda" con la conjugación del verbo "ceder", y trataba de reconfortarme contestándome que esa "publicidad de tela" estaba destinada a personas como mi mamá, que sabía coser y tejer muy bien. Pero en el fondo me seguía picando el bichito de la intriga: ¿por qué esa "seda" tenía un nombre tan feo, tan extraño, "El Paso"? ¿Y por qué el cartel era tan poco atractivo (un rombo blanco con contorno rojo)? Al igual que el misterio de la letra hache, eran preguntas que no me podía responder.

Ah, ¿que yo ya era nerd desde chiquita? Sí, y freak también.

La letra hache y yo

Mi primer encuentro con la letra hache fue cuando yo tenía unos cinco años. Creo que todavía no iba a la escuela primaria, pero ya escribía letras y palabras. Vi por primera vez la letra hache en una pintada (un "grafitti") que estaba frente a la casa de mi abuelo materno, Natal Santiago Ghislanzoni. Mi abuelo vivía frente al paredón del Cementerio de la Chacarita, en la avenida Jorge Newbery esquina Montenegro, y en ese entonces, era una avenida de muy poco tránsito. Por allí pasaba el extinto colectivo 125, línea que tenía dos colectivos: uno de ida y otro de vuelta. Así que entre la tranquilidad del barrio, la de la avenida y la del cementerio, imaginen que en ese paredón escribía hasta el que se había quedado manco.

Vi la letra hache en una palabra y le pregunté a mi mamá que qué letra era esa. Me explicó que era la hache y que no tenía sonido, pero que algunas palabras la llevaban. Y lo primero que pensé fue: "La tengo que incorporar a mis letras". Y de ahí en más la empecé a poner en todas partes, correspondiera o no, como para no olvidármela, porque, después de todo, no tenía sonido.

Supongo que debo haber empezado a ponerlas en su lugar correcto a partir del primer o segundo grado de la primaria, pero es el día de hoy en que me recuerdo en la puerta de la casa de mi abuelo, mirando el paredón de la Chacarita, intrigada por esa letra en forma de silla-escalera que me decía: "Y a mí, ¿por qué no me das bola?".

viernes, 23 de septiembre de 2011

Los elementos de que se vale un traductor (VII)

Luisa Fernanda Lassaque y su calculadora
Ésta es la calculadora con la que contabilizo mis caudales. La conseguí a cambio de contestar una encuesta.

Cosas que suceden en Buenos Aires...

Los elementos de que se vale un traductor (VI)

Luisa Fernanda Lassaque y el alfajor Cachafaz de mousse de chocolate
El alfajor que se ven en la foto ya falleció, deglutido en mi aparato digestivo y destrozado por mis fauces. Créanme: nada como el alfajor Cachafaz de mousse de chocolate para amenizar una traducción aburrida.

jueves, 22 de septiembre de 2011

Un agradable lugar de trabajo

Un agradable lugar de trabajo
Diccionarios abiertos por todas partes, un sobre de papel madera, la lámpara direccional, el cable del auricular, la funda de plástico de la impresora. Miércoles a la tarde. Silencio inusitado en el aire, si contamos que tengo dos talleres mecánicos a poca distancia. Luz suave. Trabajo mañana. Hoy descanso.

Los elementos de que se vale un traductor (V)

Luisa Fernanda Lassaque y su bolígrafo de firmar traducciones públicas
Al igual que el sellito, otro accesorio del traductor: el bolígrafo de firmar traducciones públicas. Me lo regaló una amiga muchísimo antes de recibirme, como aliciente para que no aflojara.

Y antes de cada firma, la frase clave: "Y ahora, la poderosa".